Autor: Aerin Alexander

La perfecta imperfecta hija

Siempre me sentí pequeña alrededor de mi madre. De niña la veía como el comandante en jefe de la familia, a cargo de todas las decisiones y la fuente de todo lo que necesitaba y quería.

Recuerdo que tenía seis años, una tarde puliendo los pisos de madera de la sala de estar de nuestra casa. Estaba enfocada en hacer un buen trabajo para conseguir la aprobación de mi madre. Cada esquina del piso era brillante. Pulí debajo del sofá, el área del comedor y la mesa de la consola, donde se exhibía el gran jarrón blanco que pertenecía a la bisabuela. Ese era el único artículo “valioso” en nuestra familia de seis niños y un perro. La cuerda del pulidor de pisos se enredó alrededor de una de las patas de la mesa sin que me diera cuenta. Mientras me alejaba con orgullo hacia el pasillo, pensando que había hecho un gran trabajo, tiré del cable accidentalmente, sacudiendo la mesa. El jarrón cayó al suelo y se rompió en docenas de piezas.

Mi madre no se enojó como yo esperaba. En su lugar, exhaló con resignación y sin mirarme, salió de la habitación. Un sentimiento de culpa se acumuló en mí y permaneció durante décadas.

Crecí consciente de las largas horas de trabajo de mi madre en la casa. No teníamos máquinas lavaplatos, lavandería ni secadoras. Todos vivíamos con un presupuesto ajustado. Ella hacía la limpieza, las compras y cocinaba todas las comidas, incluyendo el pan. Ella cocía nuestra ropa y trabajaba para afuera arreglando ropa para los vecinos, produciendo los pesos adicionales que necesitábamos para pasar el mes.

Mi madre no tenía tiempo para llevarme a la escuela o de sentarse conmigo para hacer la tarea. Ella se perdió la mayoría de las conferencias de maestros y padres y mis graduaciones de la escuela primaria y secundaria. Yo era demasiado joven para entender y reconciliar la necesidad de su atención y conexión con sus demandas de criar a seis hijos.

De adolescente, me molestaba el hecho de que mi madre estuviera ocupada haciendo cosas para otras personas, ayudando en la iglesia o visitando amigas, y que no tuviera tiempo para mí. Me distancié: ella no sabía nada de los abusos sexuales que sufrí, mi frustración por la injusticia social, mis sueños de viajar por el mundo, mis novios.

Unos días antes de mi primer viaje a Los Ángeles, a donde finalmente me mudé, estábamos sentadas a la mesa de la cocina: ella quería hablarme sobre mi viaje. Mi madre nunca había salido del país; estaba con miedo y preocupada Ya tenía más de veinte años y una conversación íntima con mi madre la sentí incómoda y extraña. No sabía cómo hablar con ella, así que coloqué mi cabeza en su regazo, como hacen los niños pequeños, para que la madre los acaricie.

Mi madre no se movió. El contacto físico conmigo era incómodo para ella y me pidió que me sentara derecha. Ahí estaba otra vez, sintiéndome como la hija no deseada que no sabía cómo complacer a su madre. Una serie de situaciones similares llegaron a mi conciencia:

  • No mantuve mi cabello rizado corto como ella quería: en lugar de eso, llevaba el pelo largo y rubio, luego lo teñí de azul, luego rojo  y luego negro.
  • No quería casarme y depender de un hombre.
  • No estudié para ser secretaria, maestra de escuela o enfermera, los trabajos destinado a las mujeres en mi familia. En cambio, estudié teatro y artes.
  • Me uní a las protestas callejeras por los derechos humanos y de las mujeres.
  • No confesé mis pecados a los sacerdotes.
  • No fui a la iglesia en cambio, me uní a grupos que cuestionaban la existencia de Dios.
  • No me quedé en casa hasta el día anterior en que me casé como lo hicieron mi hermana y mis hermanos. En cambio, conseguí un trabajo y alquilé mi propio apartamento.

Y luego, me mudé a otro país, y durante varios años no nos comunicamos.

Mi madre sobrevivió a todas las decepciones, dolores y dolores. Ella no abandonó nuestra relación, y yo tampoco. Sané mis sentimientos de abandono, mi percepción errónea de no ser deseada y querida.

Años más tarde, después de nuestra reunión y sanación, hablábamos, mirándonos a los ojos, con honestidad. No nos convertimos en mejores amigas, pero, sin embargo, establecimos una conexión real y profunda.

Ocho años atrás, me encontré sentada al final de su cama en el hospital; le estaba masajeando los pies con ternura. Le habían diagnosticado cáncer de pulmón y su cuerpo estaba muy débil. Con remordimiento, mencioné a mi madre acerca de mis sentimientos de culpa por romper el jarrón. Ella se rió. No esperaba eso. Ella dijo que odiaba ese jarrón, y en realidad estaba contenta de que se rompiera. Traté de hacer un punto recordándole lo decepcionada que estaba conmigo durante mis años de adolescencia. Ella sonrió. Ella dijo que estaba pasando por su menopausia y que su comportamiento hacia mí no tenía nada que ver conmigo. Te quiero, me dijo. Te quiero, le dije.

Hoy, puedo entender y reconciliar nuestras diferencias y amar a mi madre más que nunca. Estoy agradecida, ella fué la madre perfectamente imperfecta para mí y yo fuí su hija perfectamente imperfecta.

Superando el miedo a los hombres

No sabía que el miedo todavía me dominaba hasta que escuché a hablar a Amanda Nguyen. Años atrás, solía despertarme de pesadillas donde un hombre me atacaba. Verificaba debajo de la cama y detrás de las cortinas por temor a un hombre escondido en algún lugar de la casa. Miraba detrás de mi espalda cuando volvía caminando a casa desde el trabajo. Tenía cerraduras adicionales en mi puerta; dormía con una luz encendida. Hasta hoy día, no me había dado cuenta de la magnitud de cómo el miedo me ha afectado en el pasado y de cómo todavía puede afectarme hoy. Esta es mi historia.

Amanda Nguyen estaba en el escenario sentada al lado de mi esposo. El moderador del panel sobre Hombres Conscientes en la “Cumbre de Líderes con Amor” en Aspen, Colorado, presentó la charla preguntándole a Amanda sobre su opinión sobre el papel de los hombres hoy después del movimiento #Me Too. Amanda nació en 1991 de refugiados vietnamitas, está nominada al Premio Nobel de la Paz y ayudó a redactar la “Declaración de Derechos de Sobrevivientes de Agresión Sexual” que se aprobó por unanimidad en el Congreso de Estados Unidos en el 2016.

Amanda habló con calma y lentamente, su largo cabello negro brillaba, su rostro revelaba una piel hermosa y joven. Me gustó de inmediato. Me había perdido su presentación anterior durante la conferencia, donde me invitaron con mi esposo a enseñar un taller sobre el ánimo y consciencia del guerrero, el visionario y el sanador, tres de los arquetipos chamanísticos y cómo estos estados de ánimo y de consciencia se aplican a nuestra vida diaria. En mi primera impresión, Amanda incorporaba la conciencia de liderazgo y las habilidades que busco en mí misma.

“¿Qué harías si los hombres de tu ciudad estuvieran sujetos a un toque de queda después de las 9:00 de la noche?”

Amanda compartió que había publicado esa pregunta en Twitter días antes y las respuestas de mujeres fueron abrumadoras:

“Dormiría con las ventanas abiertas”

“Iría a correr por mi barrio”

“Me gustaría dar un paseo por la playa por la noche”

Inesperadamente, su pregunta rompió algo en mí. Lo del toque de queda me hizo acordar a mi infancia en Argentina.

“Me vestiría de la manera que quiera, y dejaría mi cabello con rulos suelto”

“Me gustaría decir lo que pienso y ser escuchada”

“Diría la verdad de lo que me ocurrió cuando niña sin vergüenza”

La pregunta de Amanda perforó mi corazón y se quedó conmigo varios días después de que volviera a casa. Traté de distraerme con mi trabajo en Los Ángeles y la vida escolar de mi hijo, pero durante mi clase de escritura, una noche, todo volvió.

¿Quién sería yo sin el miedo a los hombres?

Tenía 5 años y estaba en casa con mi familia un domingo por la tarde húmedo y caluroso. Mis padres, hermanos mayores y hermanas estaban sentados en la mesa charlando y saboreando mate y facturas Argentinas. La ocasión especial fue nuestro invitado: el primo segundo de mi madre que nunca antes había conocido. No puedo recordar su nombre, pero sí recuerdo que me agarró por la cintura y, sin preguntarme, me sentó en su regazo mientras expresaba algo así como “qué nena tan linda”. Mi temor fue inmediato y traté de alejarme de él. Me pregunté si alguna vez se lavaba los dientes este señor porque olía sucio y a alcohol. También sin mi consentimiento, colocó su mano entre mis piernas. Yo llevaba pantalones cortos; Él mantuvo su mano en mis áreas privadas. Con nerviosismo, seguí moviéndome tratando de alejarme hasta que mi madre le hizo un comentario de disculpa a su primo sobre “Que nena ansiosa e inquieta que esta”. Me quedé inmóvil y contuve la respiración. Recuerdo que traté de mirar a madre a los ojos en busca de ayuda. Hoy, a veces siento una tensión en mis músculos de la ingle debido a este incidente.

Tenía 12 años y me dirigía a la fiesta de cumpleaños de una amiguita de la escuela. La estación de subterráneo se veía vacía y tranquila el domingo por la tarde. Mi padre me había explicado donde necesitaba cambiar de tren, de la línea D a la A, la línea de subte más antigua con asientos y puertas de madera que no cerraban bien. Era la primera vez que viajaba sola en el subte y estaba alerta y prestando atención a mi entorno. Esperé pacientemente a que llegara el tren de la Línea A; no había nadie en la estación y conté en voz alta cada paso que daba, sujetando con fuerza la bolsa de plástico con el regalo para mi amiga: una remera rosa que mi madre eligió adecuada para una niña de 14 años. El viaje en la línea A duró aproximadamente 15 minutos, lo que también me imagino que contaría, ya que no llevaba reloj y los teléfonos celulares no existían. Llevaba un pequeño bolso que había tejido a mano para mi muñeca, con un par de monedas para hacer una llamada en caso de emergencia, la dirección de la casa de mi amiguita y el boleto del subte para mi viaje de vuelta a casa.

Una vez en el coche, me senté junto a la puerta, sosteniendo la barandilla. Había una pareja mirando hacia la parte trasera del tren y un hombre de mediana edad, mirando hacia el frente. El tren estaba muy viejo y se sacudía antes de detenerse, en cada estación. Mantuve mis ojos fijos en el mapa sobre las puertas opuestas que mostraban las estaciones. Tuve una sensación extraña y sin querer mirar, por la esquina de mis ojos ví al hombre de mediana edad exponiendo su pene y tocándose. Estaba mirando en mi dirección y haciéndome gestos para que lo mirara. Me quedé paralizada de miedo y estaba a punto de llorar cuando me di cuenta de que la pareja se puso de pie y se preparó para irse a la siguiente estación. Dos años antes, cuando tenía 10 años, una mañana de invierno caminando sola a mi escuela, un hombre que caminaba frente a mí con un abrigo largo se volvió repentinamente, se expuso desnudo y comenzó a caminar hacia mí. Pude escapar de su risa cruzando la calle. Pero en el tren no había a donde ir. Me puse de pie temiendo por mi vida y corrí detrás de la pareja que salía de la estación del subte.

Una vez a la luz de la calle, me encontré en un barrio desconocido. Saqué la dirección y busqué a una mujer confiable para que me guiara cómo llegar. Habré caminado unos kilómetros hasta que pude encontrar la casa de mi amiga.

Tenía 14 años, cuando volví a casa de la escuela una tarde temprana y un hombre entró detrás de mí sosteniendo la puerta principal del edificio de departamentos donde vivía. Él entró en el ascensor conmigo. Me comenzó hablar en un tono asqueroso, y me dijo que me iba a violar. Puso sus manos con fuerza en mi abrigo escolar, sobre mis pechos. Empujé sus manos fuera de mi cuerpo, y él me empujó fuertemente, haciéndome golpear mi cabeza contra la pared del viejo ascensor, que se sacudió y detuvo. Este hombre salió de alguna manera, un piso justo debajo del mío. Llena de adrenalina, miedo y furia, golpeé la puerta para que mi madre la abriera. Le grité que llamara a la policía y me ayudara a agarrar a “este degenerado“. Pero mi madre cerró la puerta y explicó temerosa que no sabía qué hacer. Vivíamos en una dictadura militar que violaba los derechos humanos. Repitió varias veces que no había nada que pudiera ella hacer y se fue a la cocina. Ninguna de las dos volvió a hablar del incidente.

Tenía 16 años cuando llegué a la sede de la Cruz Roja en Buenos Aires, cubriéndome la cara con las manos. Pedí hielo en la recepción. En el autobús de camino a la sede, un hombre me dio un puñetazo en la cara, haciéndome caer inconsciente. Era viernes por la tarde y me estaba reuniendo con mi amiga en la Cruz Roja para inscribirme en un taller sobre Supervivencia en la naturaleza, sugerido por nuestra maestra de literatura de cuarto año. El autobús estaba lleno y yo estaba parada cerca de la parte trasera y apretada entre otros pasajeros. Como había ocurrido antes en los viajes en autobús, sentí las manos de un hombre en mis áreas privadas. Tenía dieciséis años y ser agredida sexualmente no era nuevo para mí.

Esta vez, a diferencia de las otras veces, pedí ayuda. No sé cómo ni cuándo, pero este hombre me golpeó violentamente. Cuando recobré el conocimiento, me encontraba sentada en la primera fila, junto a una mujer. Yo estaba temblando y llorando y ella me estaba consolando. El conductor del colectivo se disculpó y me dijo que el hombre había escapado y me sugirió que fuera a la policía. Se detuvo frente al edificio de la Cruz Roja y entré buscando apoyo.

El personal de la Cruz Roja me dio hielo en una bolsa de plástico y me envió a la oficina del director al final de un largo pasillo, para esperar a mi amiga. Llegaban otras personas y todos se sentían incómodos al ver la condición en la que yo estaba. En mi conmoción traté de mantenerme serena y calma, y deseaba que mi amiga llegara pronto. En cambio, el director de la Cruz Roja entró en la oficina.

Este señor de mediana edad tenía sobrepeso y olía a alcohol. Su abrazo en lugar de consolarme lo sentí inapropiado, ya que me seguía tocando los hombros y preguntándome como estaba de una manera un poco pegajosa. Mi amiga finalmente llegó y me llevó a su casa. Durante 10 largos días tuve un gran moretón en mi cara que cambió de color sangre oscura, a azul oscuro a negro. Nadie en la escuela, panadería ni a ningún lugar al que fui me preguntó qué me había sucedido, a pesar de que sus ojos expresaban preocupación y temor. En este punto, Argentina estaba pasando de la dictadura militar a la democracia, y todos todavía estaban temerosos. Más de treinta mil personas fueron torturadas y asesinadas, y cuando la verdad comenzó a aparecer en los periódicos locales, la tensión y el estrés aumentaron en el medio ambiente.

En el campamento de supervivencia de la Cruz Roja en las afueras de Buenos Aires, el director colocó su saco de dormir junto al mío. Las tres noches que estuve allí soporté sus manos recorriendo mi cuerpo mientras fingía estar durmiendo. Lo odiaba. Quería gritar y empujarlo. ¿Qué podía hacer? ¿Quién me ayudaría? Él era el director de la Cruz Roja, la autoridad, el protector. ¿Quién me creería? Mis padres no sabían qué hacer y no tomaron ninguna medida sobre los incidentes anteriores, no eran importante. Mis hermanos, cada vez que yo trataba de expresar lo que me había pasado o mis incidentes en el colectivo, , me callaban diciendo que yo “era tan dramática” y que “deberías caminar en lugar de tomarme el colectivo.” Repetían slogans que escuchaban de otros hombres: “Bueno, si te vistes con una minifalda, te la estás buscando”. No me vestí con una minifalda en ninguno de los casos. No he usado una minifalda en 35 años.

Me animé a contarle a mi mejor amiga con la esperanza de ser escuchada y apoyada. Su reacción fue de horror y sorpresa, pero luego de unos minutos me preguntó: “¿Por qué le permitiste que lo hiciera? ¿Por qué no lo detuviste?” No sabía qué decirle. Yo dudaba de mi. Fue mi culpa, pensaba. ¿Qué hay de  malo conmigo? Debo de tener una marca, que atrae estas situaciones. ¿Lo estaba buscando? ¿Me sentía vista y querida, algo que no podía sentir en mi propia familia? NO. En todos esos casos, me sentí violada, usada y avergonzada. Me daba terror hablar y que me culparan. No tuve elección. No sabía que podía tener una opción. No tenía voz. Sentía que me iban a matar si hablaba, como lo había hecho la autoridad política con miles de inocentes durante la dictadura militar.

Lo no hablado se volvió indecible.

Sobreviví a esto haciéndome daño cada vez más. Me rascaba las piernas y los brazos con las uñas hasta que sangraron. Tomé drogas. Traté de suicidarme. Pero no funcionaba, no encontraba la salida al sufrimiento que me proporcionaba el dolor de las experiencias que había vivido sin una explicación y sin poder entenderlo.  Quería escuchar a alguien validándome, que no estaba loca; alguien que me diga que el abuso sexual estaba mal. Algo en mí seguía buscando eso, como queriendo remover cortinas para dejar entrar la luz.  Conseguí un trabajo y pagué por mi terapia. Fui más allá de mi familia familiar y me hice amigo de artistas, músicos e incluso de filósofos e intelectuales.

Comencé a enfrentar el miedo leyendo textos espirituales sobre la naturaleza humana, participando en las artes curativas, tomando clases, y escuchando las historias de otras personas. En un taller, conocí a mi mentor, Carlos Castaneda, quien apoyó e inspiró aún más mi proceso de sanación al ofrecerme una nueva definición del mundo, una nueva descripción de mí misma.

¿Qué haría sin el miedo a expresarme?

Hoy sé que era un niña y que era inocente, como todos los niños son. Sé que mis padres hicieron lo mejor que pudieron con la consciencia y las herramientas disponibles para ellos en ese momento y no tengo resentimientos. Sé que no soy la única mujer que ha soportado la violencia y el abuso. Sé que hay hombres que sufren de abuso también. He aprendido a diferenciar las experiencias de mi vida de lo que soy. Aprendí a decir NO, a colocar límites, a cuidarme y amarme a mí misma y a establecer relaciones íntimas sanas. Hoy tengo una familia, protejo y honro mi cuerpo, y enseño a otras mujeres a hacer lo mismo.

Y sigo trabajando para aceptar lo que consideré inaceptable: experiencias de violencia y abuso, de cualquier tipo. Me estoy dando cuenta de que a pesar lo difícil que fue transitar experiencias de dolor, también me ofrecieron la oportunidad de experimentar mi capacidad de recuperación, mi fuerza, mi poder. Sigo atravesando miedos (aunque ahora son mas pequeños y menos paralizantes) intentando liberarme y continuaré hasta que:

“Pueda dormir con las ventanas abiertas”

“Caminar bajo las estrellas en la noche sin miedo”

“Decir la verdad de lo que me ocurrió sin sentir vergüenza” (¡lo acabo de hacer en este artículo!)

 

¡Adelante 2019! Libera, perdona y establece intenciones mientras das la bienvenida al nuevo año

“El Intento es lo que envía a los chamanes a través de una pared, al espacio, al Infinito”~ Carlos Castaneda

Hola! Ha llegado un nuevo tiempo. Estamos viviendo una nueva era de interconexión global, donde la información se comparte instantáneamente en todo el mundo, donde debemos estar unidos para proteger nuestro planeta, donde necesitamos nuevos acuerdos colectivos de renovación de energía y formas creativas de llevarnos bien. Nos sentimos afortunados de presenciar una nueva conciencia en un gran número de personas que trabajan por el mejoramiento de todos. Un nuevo despertar espiritual está disponible para todos los seres, y ya no en manos de unos pocos maestros privilegiados.

Este nuevo movimiento de audacia está diciendo SÍ a la naturaleza, a las mujeres en el poder, a la integración de las culturas, a la comunidad, a pasar del miedo y la dominación a la consciencia del Amor Incondicional. Está diciendo NO al egoísta en el poder que sigue tratando de dividir a las personas y difundir miedo. Pero la verdad es que es demasiado tarde para las viejas formas de los extremos derecho e izquierdo, para las estructuras piramidales de poder. Nuestro nueva era es el tiempo de la intención compartida e interdependiente.

Ahora somos conscientes de que no somos nuestros pensamientos o sentimientos. Ahora sabemos que podemos cuestionar nuestros pensamientos y cuestionar qué estamos consumiendo. Podemos tomar decisiones para una alimentación más saludable y un cuerpo más saludable, algo que antes no estaba disponible para las mases en general. Sabemos que nos sentimos mejor después de practicar movimientos, después de una clase de yoga, después de trabajar en el jardín, de caminar en el bosque, y también, después de perdonarnos por nuestros errores.  Tenemos en nuestras manos una nueva descripción para nosotros y el poder de tomar decisiones que pueden cambiar nuestra percepción de nosotros mismos por completo.

Entonces, amigo y amiga, monta en tu poder , en tu belleza, en tu sabiduría y en tu visión. SÉ TÚ MISMA y deja de tratar de ser otra persona. A TI es lo que el mundo necesita ahora: vulnerable, honesta y consciente.

Mientras das la bienvenida a la nueva luz del Año Nuevo y sigues los pasos a continuación, baila y canta como hacían nuestros ancestros, celebrando la gloria de tu viaje, con tus altibajos, y sabiendo sin ninguna duda, que has sido amada, que eres amada en este momento. y que ERES AMOR.

Que tu luz irradie a tus amigos, a tus familias, a tu comunidad y al mundo entero.

Te apreciamos y estamos contigo, fuerza!

Aerin, Axel y Miles Alexander-Reid

RITUAL DE AÑO NUEVO DE CARLOS CASTANEDA

Aquí te describimos la ceremonia que nos enseñó nuestro maestro Carlos Castaneda. Comienza durante los últimos días de diciembre y termina después de que el reloj marca la medianoche del 1 de enero. Castaneda nos diría que, a la medianoche, la luz del Espíritu o del Universo viene y nos “observa”: una fuerza desciende sobre nosotros, forjada por la intención combinada del planeta durante milenios, y este es un momento muy poderoso para estar presente. y consciente – y para llevar esta luz dentro durante el nuevo año.

Hemos practicado este ritual sin fallar durante los últimos 23 años y nos ha brindado a nosotros, e innumerables practicantes de todo el mundo, un sentido de dirección, propósito e inspiración para desplegar nuestras metas e intenciones para el Año Nuevo, así como un sentido de conexión con los ciclos de la naturaleza y todo el planeta. Esperamos que los beneficios se extiendan a través de tu vida, tus relaciones, tu comunidad y el mundo.

Los pasos son estos:

  1. Limpia lo viejo antes del Año Nuevo. Renovarse de adentro hacia afuera. Desde el 28 de diciembre en adelante, e incluso durante todo el día del 31 de diciembre, despeja el espacio en tu hogar. Elimina el desorden, dona tu ropa que ya no usas, limpia y organiza armarios y cajones, y aspira tus pisos; riega tus plantas, todo con una sensación de apertura y disposición. El objetivo es limpiar tu hogar, física y también energéticamente, limpiando tu psique de pensamientos y sentimientos negativos acumulados durante el año para que puedas estar receptivo a la llegada de lo Nuevo.
  • Tira las cosas que ya no son necesarias o que no te traen alegría.
  • Anota todos los pensamientos negativos en un pedazo de papel, escribiendo en un flujo y sin volver a leer lo que escribiste. Cuando sientas que has puesto todo, quema el pedazo de papel y lávate las manos.
  • Practica afirmaciones en voz alta, de apreciaciones por tu vida, por tus pertenencias, por tus amigos y familiares.
  1. El 31 de diciembre, antes de la medianoche, atiende tu escritorio o espacio personal. Organiza tus libros y documentos, y espacio libre para que puedas sentarte cómodamente a escribir una lista de intenciones, afirmaciones, sueños y proyectos que deseas manifestar o co-crear en el 2019. Siéntate en silencio y llama a la luz del Espíritu, para despejar tu mente y cuerpo y conectarte profundamente contigo misma.
  1. Luego, toma un bolígrafo o un lápiz y un pedazo de papel, y prepárate para ESCUCHAR a TU CORAZÓN
  • Recapitula las experiencias más sobresalientes que sucedieron durante el año y aprecia lo que has aprendido en el 2018. ¿Qué desafíos experimentaste? ¿Cuál fue el resultado? ¿Qué nuevos amigos hiciste? ¿Qué cosas nuevas aprendiste, por ejemplo, una nueva receta de cocina, una nueva habilidad, un nuevo idioma? ¿Y qué te gustaría aprender en el 2019? Puedes elegir dividir tu año en áreas básicas, como familia, trabajo, salud, relaciones y desarrollo personal
  • ¿Cómo fue tu salud en el 2018 y qué te gustaría intentar para 2019?
  • ¿Qué pasa con tu trabajo? ¿Qué experiencias tuviste? ¿Qué nuevos proyectos tienes en mente para el 2019?
  • ¿Y en tu familia y relaciones? ¿Qué nuevas relaciones has establecido? ¿Qué llegó a su fin? ¿Qué necesita ser sanado?
  • ¿Qué hay de tu legado? Escribe un párrafo que describa lo que le gustaría que fuera tu legado en el 2019.
  • Y sobre la comunidad más grande del planeta tierra, ¿qué sueños de un mundo mejor te gustaría tener?

Escucha a tu corazón y sigue con tu pluma la sabiduría de tu corazón.

  1. Alrededor de las 11:30 de la noche, siéntate en silencio con las manos en tu corazón. Puedes poner atención en los artículos de tus Intenciones para el 2019, aquellas cosas que deseas experimentar el próximo año. Siéntate todo el tiempo que quieras, asegurándote de que para cuando llega la medianoche, te encuentres involucrada en algún aspecto práctico de tus intenciones (dibujar tu casa, cantar tus intenciones, investigar algo, leer sobre el área de tu salud que seas mejorar,, etc.).

A la medianoche, en los primeros minutos del Año Nuevo, deja que la ola de tus sueños te bañe con un sentir de amor, paz y gratitud.

Profundizando en el Corazón

La semana pasada, Miles y yo impartimos un taller sobre Lidera tu Legado en la maravillosa Cumbre Lead with Love, en Aspen, en las Montañas Rocosas de Colorado. Fuimos abiertos de corazón y experimentamos profundas conexiones de amor con todos, incluidos los participantes, presentadores, organizadores, los árboles y las montañas que nos rodean. ¡La última vez que enseñamos una clase en Aspen fue en 2005, en el Festival de Ideas de Aspen!

Esta fue una poderosa oportunidad para recapitular quiénes éramos entonces, lo que solíamos ofrecer a los demás y quiénes somos ahora.

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La primera diferencia que percibí fue la capacidad de estar más cómoda en mi propia piel, con mis habilidades, mi luz y también con mis defectos. En eventos de grupos grandes con celebridades solía sentirme amenazada y fuera de lugar, sin saber cómo y qué decir y dónde esconderme. Lo que estaba presente en mí, en cambio, era la calma y la conexión, y mi enfoque estaba en escuchar a los demás. Me sentí inspirada por Gina Murdock, la fundadora y codirectora de Lead with Love, quien, dentro y fuera del escenario, aparece como ella. (Y me sentí inspirada por otras mujeres y lo escribiré en mi futuro blog).

¡Más de 100 personas se apuntaron a nuestro taller! Se trataba de despertar el estado del Guerrero y conectar internamente con el Sanador y el Visionario en su interior, los tres arquetipos chamanísticos presentes en nuestra conciencia colectiva.

Otra diferencia que experimenté fue la inmensa alegría y gratitud que Miles y yo sentimos desde el principio.

Los participantes, todos nuevos en Being Energy®, seguían radiantemente las secuencias de movimientos, se dedicaban a contar en voz alta y renovaban sus espíritus y cuerpo-mente. Un gran número nos pidió un video para practicar en casa. Puedes ver la secuencia a continuación. Además, puedes leer la presentación en powerpoint del taller haciendo click aquí.

La Cumbre fue una explosión de casi cinco días de talleres, paneles, charlas, clases de conciencia corporal, eventos sociales, activismo y más. Hubo más de 400 participantes y más de 50 presentadores en las áreas de negocios conscientes, conciencia corporal y paz social, incluido John Mackey, cofundador de Whole Foods, Lynne Twist, cofundadora de Pachamama Alliance, Dr. Rudy Tanzi , autor, investigador, profesor de neurología en Harvard, Rod Stryker, fundador de Parayoga, y Kevin Courtney, profesor de yoga y meditación.

Fue satisfactorio pasar tiempo con personas y organizaciones con ideas afines que se comprometen activamente haciendo el bien para el mundo e introduciendo Being Energy® y ver qué tan alineado está con la ola de cambio y transformación que tiene lugar en el mundo.

En un nivel personal como familia, nos tomamos el tiempo para llegar a las colinas del Instituto Aspen y meditar sobre las rocas. Los niños jugaban libremente, practicaban yoga con otros niños y se sumergían en lo Amoroso.

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Finalmente, después de seis días de clima cálido y soleado, nos despertamos con una nieve silenciosa: ¡un don del espíritu! Y, sólo por pura inspiración y belleza, queremos compartir con ustedes algunas imágenes y la sensación de esas montañas y el silencio interior que traen a nuestra alma.

Lo que aprendí de mi padre acerca del amor

what I learned from my father about love

Unos meses atrás, tomé en Los Ángeles una clase sobre el autodesarrollo y surgió el tema del abuso de poder. Un hombre alto de setenta años, se levantó y expresó:

“Todas las mujeres que conozco han sido abusadas sexualmente.” Inmediatamente la imagen de mi mentor espiritual, Carlos Castaneda, diciéndome la misma frase hace más de 20 años me vino a la mente.

Sosteniendo el micrófono en su mano derecha, este hombre continuó:

Y quiero decirle a todas las mujeres aquí presente que no soy uno de los abusadores, y que hay muchos hombres como yo que respetan, honran y aprecian a las mujeres“, se le quebró su voz amorosa y las lágrimas corrieron con amabilidad por su rostro arrugado. Noté pecas en el dorso de sus manos. Él no tenía hijos propios: estaba ayudando a su esposa a criar a sus nietas.

Yo condeno el abuso; está mal “, concluyó. Un aplauso conmovedor del gran grupo lo siguió. Él me recordó a mi padre.

Siete años atrás, la noche después del funeral de mi madre me encontraba cenando con mi papá. Estábamos en un pequeño restaurante, en Buenos Aires, en la esquina de su departamento. Mi padre no tenía hambre pero yo insistí. Estaba pálido y sin aliento, y algo de comida le ayudaría a devolver algo de luz a su ser. Quería pasar tiempo a solas con él, lejos del resto de la familia en duelo; tomar un descanso de estar rodeados por las pertenencias de mi madre.

Las sillas de madera donde nos sentamos se sentían incómodas debajo de mis flacas nalgas. Había perdido peso desde que mi madre fue hospitalizada.

Mi papá pidió una milanesa con papas fritas, un plato típico Argentino, mientras yo buscaba en el menú frenéticamente una opción vegana. El camarero, voluntariamente, me ofreció un plato “fuera del menú” con quinoa y calabaza. Le agradecí. AL segundo noté que los vasos con agua que nos trajo estaban sucios, y la mesa también. Fue casi reconfortante notar las pequeñas cosas de la vida cotidiana, en medio de una experiencia estresante e intensa.

what I learned from my father about love

En ese momento me pareció en lo profundo de mi corazón que todo lo que había aprendido con Castaneda, durante todos estos años de meditación y práctica, era en preparación para ese momento: para aceptar y abrazar la muerte de mi madre con el corazón abierto, sentir la gran pérdida sin negarla o dramatizarla, y experimentar el dolor de mi padre y permitir que así sea, sin juzgarlo.

Dos meses antes, a mi madre le diagnosticaron cáncer de pulmón avanzado. Fue hospitalizada durante tres semanas, se sometió a una cirugía para extraer agua de sus pulmones y recibió grandes dosis de corticoides para forzar la respiración. Regresó a su casa, donde murió pocos días después.

Todo el tiempo, mi padre estuvo a su lado, durmiendo en viejas e incómodas sillas de hospital público, yendo a su casa solo cuando mi madre lo solicitaba. Él no se quejó. Fue amable con los médicos y enfermeras. Lo presencié sentado en silencio a su lado durante horas, sosteniéndole las manos, mirando hacia abajo en busca de una explicación o rezando.

Mi madre era la más fuerte, el comandante en jefe que tenía la última palabra y tomaba decisiones confiables. Le decía a mi padre qué hacer, las facturas que debía pagar, los cumpleaños a los que debía ir. Ella atendía el teléfono y lideaba con la relaciones. Ella tenía la mano en todo y una personalidad dura.

Mi padre había sido un marino en su juventud, con un alma cariñosa, noble y honesta. Era alto, de complexión oscura y guapo. Era introvertido. Nunca levantó su voz ni a ella ni a nosotros sus hijos. Sufrió un ataque al corazón y dejó de fumar. Pero luego, cuando yo era una adolescente, lo despidieron de su trabajo, y eso lo desilusionó. Se deprimió y con la absorción crónica de medicación contribuyó de algún modo a vivir ensimismado.

“Todavía no puedo creer que ella estaba en esa caja”, dijo mirándome a los ojos por primera vez. La caja con las cenizas de mi madre parecía una caja de zapatos de cartón. Había una opción para pagar más dinero por una caja de madera, pero mis hermanos declinaron.

La misa para mi madre tuvo lugar el día anterior, en la iglesia donde mis padres se casaron, y donde todos nosotros fuimos bautizados. La encantadora basílica de la Virgen de Guadalupe fue el segundo hogar de mis padres, donde ofrecieron consejería matrimonial como parte de su servicio a la comunidad. Caminamos la distancia de dos cuadras hasta la iglesia llevando la caja con sus cenizas en una bolsa de papel. El sacerdote colocó la caja sobre el altar.

Estaba sentada junto a mi padre, en los bancos de madera de la iglesia, cuando él me tomó de la mano y me susurró al oído: “¿Puedes creer que mamá está en esa caja”? Tenía ochenta años, pero su voz se sentía tan joven e inocente.

“No papi, ella no está realmente allí”, logré decirle.

Al final del servicio todos seguimos al sacerdote hacia un jardín con flores. El sacerdote le indicó a mi padre que sostuviera las cenizas, pero él me las pasó a mí. Abrí la caja y extendí las cenizas en un pozo comunitario, uniendo las cenizas de mi madre con otros miembros y sacerdotes. Cuando terminó el servicio, noté que una gran fila de personas venían a saludarnos, para darnos el pésame, y decirnos que nuestra madre había sido su mentora, y lamentaban su pérdida. Otros me decían que me parecía a mi madre. Me di cuenta del impacto del trabajo de mi madre en su comunidad.

what I learned from my father about love

“No se suponía que esto sucediera en este orden, esto está mal;” en el restaurante, mi padre resistía lo inevitable. En lugar de unirme a la desesperación o juzgarlo, algo dentro de mí decidió escucharlo. “Escucha a los demás como si tu vida dependiera de eso”, solía decirme Castaneda. Escuché y le di espacio a mi padre para que dijera cualquier cosa que quisiera decir, incondicionalmente.

La comida finalmente llegó y la mía sabía demasiado salada. La de mi padre se veía mejor. Le robé sus papas fritas.

“Tu madre fue la única para mí. Nunca hubo otra” me dijo sorprendido, casi maravillado de sus propias palabras. “Ella fue la única mujer en mi vida”.

Mi papá apoyaba a mi madre incluso cuando estaba en desacuerdo. La elogiaba, le agradecía por su trabajo en la casa y con sus hijos, le traía rosas rojas, sus flores favoritas, y celebra el tiempo que tenían juntos. Pero nunca me había enterado de cuán profundo era su amor.

¿Qué hará mi papá sin mi mamá? Pensé mientras lo escuchaba derrumbarse en lágrimas. Una parte de mí quería consolarlo, decirle que iba a estar bien. Otra parte de mí quería poner mi cabeza en su hombro, ser consolado por él, que me dijera que iba a vivir mucho tiempo.

No seguí ninguna de mis voces internas. Mantuve mi contacto visual, escuchando sus relatos sobre cómo conoció a mi madre; cómo solían hablar por la radio mientras viajaba por el mundo; cómo decidieron casarse; cómo decidió sacrificar el tener un título universitario para ganarse el pan y criar a seis hijos.

Doce meses después, en el mismo mes, mi padre murió. Conduje directamente desde el aeropuerto hasta la funeraria. Su cuerpo estaba frío, pero parecía fresco y vivo. Murió pacíficamente en su casa por la mañana, sentado en el sofá, después de terminar su té. Besé su frente y sostuve sus manos. Pude amarlo de la manera que él amó.

what I learned from my. father about love

 

¡Compartiendo nuestra Experiencia de Transformación en Inglaterra Contigo!

¡Regresamos de nuestro retiro Lidera tu Legado, en Worcester, Inglaterra, llenos de nueva conciencia y enamorados de los Jardines. Rodeado de árboles y de un paisaje ancestral, ese entorno único nos brindó la oportunidad de una sanación y un crecimiento profundos. Plantamos semillas en forma de intenciones y acciones específicas para continuar desarrollando nuestros legados.

Comenzamos nuestro primer día con un recorrido por los Jardines amurallados y pasamos tiempo aprendiendo sobre la historia del lugar.

Karen y Chris, nuestros anfitriones, compartieron su viaje de comprar inicialmente la tierra como un proyecto personal para la curación y su hogar, y cómo el Espíritu habló con ellos y los guió hacia lo que se convirtió en un proyecto de servicio: restaurar jardines históricos y abrirlos al público como un lugar para aprender sobre la historia, el linaje y el legado, y para disfrutar y sentirse conectado con la tierra y la comunidad.

Durante las sesiones, enseñamos secuencias especiales de pases de energía para desarrollar el Intento, revitalizando nuestros cuerpos a través de caminatas por la mañana y por la noche a través del enorme paisaje del Croome Estate (ver el video corto) respirando y restaurando nuestros cuerpos y mentes.

Disfrutamos de comidas saludables caseras hechas en el lugar, que incluían verduras y frutas del jardín histórico. Hicimos una presentación sobre Alimentos y energía y los participantes dijeron que habían sido inspirados a tener una nueva relación con los alimentos.

Las sesiones del taller incluyeron procesos de recapitulación profundos para reconocer, aceptar y construir nuestros propios legados. Escuchamos historias profundamente sentidas. Karen compartió una poderosa charla sobre su propio proceso de curación a través de la reconstrucción de los jardines que conmovió a todos hasta las lágrimas.

Otros participantes, como Oggi de Bulgaria y Gabriel de Suiza, nos contaron cómo se experimentaron a sí mismos como nunca antes, pudiendo experimentar a su hijo en su interior e integrarse emocional y enérgicamente.

Gabriel, al final del evento, estaba mareado y seguía diciendo con los ojos brillantes y una amplia sonrisa. “Esto es algo increíble que está sucediendo, ¡no puedo creer lo bien que me siento!”

A final de cuentas, el sentimiento único e histórico del lugar y su belleza proveyeron un ambiente perfecto para una profunda reconexión con nosotros mismos y nuestros legados.

Tuvimos un momento maravilloso el domingo cuando enseñamos nuestra clase en vivo del Camino con Corazón desde los Jardines y nos conectamos con nuestra comunidad en línea. Fue alentador y conmovedor ver a todos los participantes mostrar su energía y entusiasmo por la vida. Pudimos presenciar su propia transformación mientras comparten sus historias y sentimientos en línea.

Un aprendizaje que todos llevamos a casa es que estar en el espíritu de servicio revitaliza nuestro propósito y dirección, ralentiza el envejecimiento y mejora nuestra fisiología y nuestra psicología, manteniendo el punto de encaje en nuestros corazones, que es lo que enseñamos en nuestras clases del Camino Con Corazón.

¡Regresamos a casa llenos de energía, conectados espiritualmente y llenos de alegría, amor y gratitud por nuestra comunidad y por los procesos de aprendizaje y crecimiento que compartimos juntos!

Involucrarse con nuestra comunidad es una decisión increíble que puede iniciarte en tu legado y en una relación más profunda contigo mismo(a).

Si aún no lo has hecho regístrate en nuestras clases en línea para mujeres a partir de este fin de semana. Es una gran oportunidad para conectarte con una comunidad de mujeres maravillosas que trabajan juntas para desarrollar sus consciencias y para crecer con alegría y amor. Ve mi video de presentación de las clases aquí abajo.

Regístrate en las Clases para Mujeres

Con amor infinito,

Aerin Alexander y el Dr. Miles Reid

Lo que Carlos Castaneda me Enseñó sobre el Poder de las Mujeres

¿Sabías que en los EE. UU. Alguien es agredido sexualmente cada 98 segundos, y el 90 por ciento de las víctimas adultas de violación son mujeres? Una encuesta reciente de 550 expertos en asuntos de la mujer concluyó que India es el país más peligroso para las mujeres, y el # 10, los Estados Unidos.

Recuerdo haber hablado con mi maestro, Carlos Castaneda, sobre el papel y la posición de las mujeres en el mundo. Castaneda, un antropólogo, escritor y heredero de un linaje de chamanes de México, me abrió los ojos cuando me encontré con él en 1995. La primera vez que lo mencionó, estábamos en su jardín, podando un limonero.

“¿Sabes que una de cada cinco mujeres está siendo agredida diariamente? ¿No solo en Argentina de donde vienes, sino en todo el mundo? “, Me preguntó.

“No, nunca escuché esa estadística.” Murmuré nerviosamente.

Crecí en una familia donde se ponía énfasis en servir y educar a los hombres. Mientras mis hermanos mayores se convirtieron en ingenieros y médicos, mi hermana y yo no terminamos ningún estudio después de la escuela secundaria. Yo era un estudiante distraída con notas bajas. Concentré mi atención en ser “agradable” y “linda” ya que los roles de los pensadores, estudiosos y de trabajadores ya habían sido tomados por hombres.

Quería convertirme en alguien, sentirme digna y fuerte, tener un trabajo, tener voz y voto en mi familia y en el mundo. Sin embargo, el bagaje de juicios y deseos incumplidos siempre me arrastraron no me dejaban terminar ninguno de mis proyectos que comenzaba. Desde comprometerme a un programa regular de ejercicios o dieta, a tomar una clase o un trabajo, lo abandonaba a la mitad del camino. Me abandonaba a mi misma.

Dudaba sobre mi fortaleza y me preguntaba si lo que escuché de mis hermanos y tíos sobre las mujeres, era cierto después de todo.

Las mujeres no pueden conducir bien

Las mujeres no pueden hacer negocios, son demasiado emocionales

Las mujeres no son confiables para dirigir la sociedad

Las mujeres no deben vestirse con mini faldas si quieren estar seguras

Educar a la mujer es un desperdicio de dinero

Debajo del limonero, compartí estos pensamientos con él con un poco de ira y enojo. Castaneda me inspiró a través de su humor, para no tomar tan en serio mi condicionamiento y mis experiencias pasadas. Dijo que podía vencer y liberarme de interperaciones y crear un nuevo futuro para mí, soñando más grande.

Él me enseñó a:

  • Cuestionar y desacelerar mis pensamientos
  • Equilibrar mis emociones con una dieta saludable sin estimulantes
  • Fortalecerme físicamente al mantener una práctica diaria
  • Educarme a mí misma, tener la energía y la resistencia para seguir mis sueños.

“La mejor manera de cambiar el mundo es comenzar por cambiarte a ti misma”, era su modo. “Usa tus fallas como rutas hacia el poder”, me decía y me daba técnicas específicas de empoderamiento e inspiración:

Recapitular, recordar y liberar todos los juicios no deseados y limitar las interpretaciones e identificaciones sobre mí y poner en práctica otras nuevas:

  1. Deficiencia De: “No puedo estudiar física, es imposible que mi cerebro lo entienda” A conquistar cuando obtuve una A en mi clase de física en la universidad.
  2. DE “Nunca termino o me gradúo de la escuela” A conquistar obteniendo DOS maestrías con altos honores

Practicar ejercicios físicos diarios para curar enfermedades de la infancia y fortalecerme:

  1. DE “De ninguna manera voy a ser capaz de mantener estas prácticas a diario” A “¡Sí! Lo estoy haciendo! Los ejercicios son simples y fáciles de incorporar en mi vida ocupada”.
  2. DE ser un respirador pobre con antecedentes familiares de enfermedad pulmonar y cardíaca A experimentar pulmones y corazón sanos y fuertes

Tener un Romance con Conocimiento, comprometerme con el pensamiento crítico y la filosofía:

  1. DE NO leer el periódico nunca; A leer noticias y diferenciar HECHOS de OPINIONES
  2. DE estar emocionalmente apegada ideas y creencias; A  OBSERVAR y luego percibir

Veintitrés años han pasado y puedo decir que este trabajo me ha cambiado por completo. Me he convertido en lo que quería ser, y me siento fortalecida y fuerte.

Creo en dar a las mujeres la oportunidad de educarse a altos niveles, ser físicamente fuertes y asumir posiciones de poder en la sociedad y la política a fin de crear un mundo más equilibrado.

La encuesta que mencioné arriba concluye que “los Estados Unidos se unen en tercer lugar con Siria por los riesgos que enfrentan las mujeres en términos de violencia sexual, incluida violación, acoso sexual, coacción sexual y falta de acceso a la justicia en casos de violación”. Gracias a # MeToo movement ahora evidenciamos algo que siempre supimos.

Lo Que Carlos Castaneda Me Enseño Sobre El Tiempo

El Tiempo es como un pensamiento o un deseo.

El Tiempo se mide por la intensidad del momento en que estás viviendo.

El Tiempo se suspende cuando experimentas silencio interno.

El Tiempo es una forma de atención.

El Tiempo no es medido por el reloj.

El Tiempo se dobla cuando prestas atención.

¡Son 5 para las 12, me estoy quedando sin Tiempo!

Estoy viviendo en el espacio de no Tiempo.

Estoy frente al Tiempo que se aproxima.

what Carlos Castaneda taught me about timeEstas son algunas de las frases que escuché expresar a Carlos Castaneda desde el momento en que lo conocí. Expresó su preocupación por el tiempo; redefinió su relación con el tiempo, y desafió la idea del tiempo, todos los días.

Castaneda llegó a tiempo a cada cita; no le gustaba que otras personas lo esperaran. Y no esperaba a nadie. El tiempo, cómo manejarlo, cómo estirarlo, cómo experimentar el tiempo no lineal fue una parte intrínseca de mi formación con él.

De una manera calmada y sobria, él hablaba sobre su propia muerte como si fuera algo inminente que sucedería en cuestión de días o minutos. Y, sin embargo, se comportaba como si tuviese todo el tiempo del mundo.

Nunca tenía estrés ni prisa, relajado disfrutaba de sus comidas, no tenía nerviosismo en sus estados de ánimo, incluso bajo la presión de las presentaciones de sus libros o la presión de tener que dar una conferencia a cientos de personas. Se tomaba su tiempo para caminar al escenario para entregar sus pensamientos, con las manos en los bolsillos y una expresión abierta de apertura y frescura. Se tomaba su tiempo para sentir la risa de la audiencia de sus chistes y comentarios, para responder preguntas, para mirar a los ojos y conectarse con las personas.

Todos los días de mi entrenamiento con él estaban llenos de intensidad aprendiendo a detener hábitos inconscientes y crear nuevas formas de comportarme, de ser. Mis días eran largos, como estirados por la intención de llegar a la “iluminación” tan pronto como pueda, antes de que él muera.

En las mañanas temprano iba a la escuela a aprender inglés, luego a trabajar en su compañía, luego a entrenarme físicamente en su estudio por otras 3 o 4 horas. Pero mis rutinas no estaban reguladas por el tiempo, o mi tiempo no estaba regulado por las rutinas, ni por las manecillas de mi reloj, como lo estaba cuando vivía en Argentina. Durante mi aprendizaje no tenía rutinas, ya que Castaneda cambiaba los horarios a menudo y aprendí a fluir con los eventos diarios,  tomar las cosas de a una, como avenían.

Debido a que estaba viviendo en un país nuevo, aprendiendo un nuevo idioma, comiendo alimentos extraños y viviendo con personas que apenas conocía, me sentí como suspendida en el tiempo.

Me permití ‘desaparecer’ por un tiempo del ‘mundo real’, como hacen algunos escritores para escribir una novela, o algunas personas lo hacen después de retirarse para crecer espiritualmente, y renuncié a mi tiempo para seguir un tiempo diferente.

Experimenté la suspensión del tiempo durante las largas horas de practicar secuencias de movimientos, como artes marciales, y largas horas de estar sentada en silencio. Después de superar mi resistencia inicial, tanto físicamente con mis músculos temblando y sin aliento, y mentalmente con pensamientos autodestructivos “No puedo hacer esto”, “esto es demasiado tiempo”, “quiero ir a casa, dormir, comer tacos, etc. “, experimenté estados de éxtasis.

what Carlos Castaneda taught me about timeUna oleada de bienestar y vitalidad fluía por mi cuerpo renovando la alegría de mis articulaciones moviéndose al unísono, la felicidad de mis pulmones expandiéndose por completo, la sangre fresca oxigenada recorriendo todos los vasos sanguíneos y las células de mi cuerpo, eliminando los desechos, desintoxicando, revitalizando mi derecho a pertenecer aquí, en este planeta en este momento.

Después de largos períodos de ejercicios practicados en cámara lenta, pude experimentar la delicada dulzura de la calma y la seguridad de era amada.

Más tarde comencé a experimentar esos estados cuando podando los árboles y trabajando en el jardín. O cuando almorzando con amigas, o incluso en el cine. O al despertar en la mañana, consciente de la singularidad del día, con gratitud consciente, sentada en el borde de mi cama, con los ojos cerrados, tomando las primeras inhalaciones del día, sintiendo mi corazón latir, mi piel suave y cálida, algunos pájaros cantando a la distancia, el bocinazo del automóvil del vecino, el caer de periódico en la calle, el olor a pan tostado, la risa de los niños que pasan por mi ventana en el camino a la escuela, el chapoteo del agua, mi marido en la ducha, mi hijo en el piano tocando la Oda a la Alegría.

La experiencia de esta vitalidad viva sigue fluyendo a través de mí como si mi maestro hubiera creado un vórtice a través del cual todas las experiencias son una y el tiempo es solo una pequeña parte del flujo constante de la vida que sigue sucediendo dentro y fuera de mí.

 

Lo que Carlos Castaneda me enseñó
acerca del camino del guerrero

 

En Todai-ji, el templo en la ciudad de Nara, estaba hipnotizada mirando el Buda más grande jamás construido en bronce cuando el concepto del “Camino del Guerrero” sacudió mi memoria.

El Camino del Guerrero fue el marco utilizado por Carlos Castaneda para describir la vida con impecabilidad y propósito. Consiste en una serie de premisas y comportamientos para tener una dirección en la vida de uno, como experimentar relaciones significativas y actuar con intenciones claras.

Significado, propósito, dirección era lo que me faltaba cuando conocí a Castaneda. Era 1995 y decidí mudarme de Argentina a los EE. UU. para estudiar esta forma de ser, que se convirtió en parte integral de mi vida.

Las premisas del Camino del Guerrero incluyen el uso impecable de la atención para mejorar la propia vida y comportamientos específicos para vivir la vida con vitalidad y audacia, como ejercicios regulares, prácticas para mejorar la capacidad de enfocar y redirigir los pensamientos, cultivar el silencio interior. usar la comida para desarrollar la percepción y la salud, trabajar con intención y agudizar el cuerpo físico como perceptor.

El recuerdo de mis primeros años bajo el riguroso entrenamiento físico de Castaneda fluyó a través de mi cuerpo mientras miraba al Buda.

Llegué a Tokio tres días antes con mi hijo de diez años, para unirme a un par de amigos y una guía para hacer un viaje “místico” visitando grandes templos en las ciudades humanas de Japón. Tomamos un tren de Kioto a Nara para visitar el Gran Salón de Buda, que es la estructura de madera más grande del mundo, construida para proteger a este Buda.

Me sentía mareada por el jetlag y las largas horas que pasamos en trenes desde Tokio hasta el Monte Fuji a Kyoto y, sin embargo, una sensación de maravilla se estaba expandiendo en mí. Los trenes estaban abarrotados y a veces esperábamos en largas filas que pronto se movían más rápido, manteniendo un ambiente de respeto y reconocimiento por el otro. Todos los transportes llegaron a tiempo y, a diferencia de las ciudades con grandes volúmenes de turismo, no se veía basura en ninguna parte. Las calles de Kioto estaban ‘vestidas’ por los árboles de cerezos en flor, oliendo como la dulzura de la primera vez que pruebas un helado. Exudaban un color blanco-rosado que evocaba bondad. Japón, en mi primera impresión, irradiaba vida y propósito, y un estado de reverencia que nutría mi alma, ya que resonaba en mí como el estado de ánimo de un guerrero.

Después de alimentar a los ciervos que vagaban por los terrenos de Todai-ji, considerados como mensajeros de los dioses, pasamos por la primera puerta del templo. Como lo había hecho en los templos anteriores, me lavé las manos y la boca en la Rueda del Dragón. Un gran pozo con incienso ardiendo era la siguiente parada. Mantuve el fuego en la vela blanca y lo puse a los pies del Buda en agradecimiento por nuestra comunidad del Camino Con Corazón. La luz del sol entraba al templo y la inhalé por la boca, como me enseñó Shanti, mi guía y una líder maya.

Cada paso hacia el Buda sirvió para calmar mis pensamientos y movió mi atención a un creciente sentimiento de vulnerabilidad y asombro,  como si cada momento de mi vida hubiera sido construido para que yo llegara a Todai-ji y experimentara la majestad del guerrero. Las palabras de Castaneda seguían resonando en mi mente:

“Un guerrero debe cultivar la sensación de que tiene todo lo necesario para el viaje extravagante que es su vida. Lo que cuenta para un guerrero es estar vivo. La vida en sí misma es suficiente, completa, y se explica a sí misma. Por lo tanto, uno puede decir sin ser presuntuoso que la experiencia de las experiencias es estar vivo”.
– Carlos Castaneda

Estaba viva y consciente. Mi hijo me preguntó si Buda también había sido un niño, y qué le pasó a él para convertirse en Buda, qué hizo él. En mi intento por decir algo coherente para su edad, pudo haber notado mi lucha porque interrumpió mi pensamiento y dijo: “Creo que lo entendí. Buda simplemente siguió meditando “.

Caminamos detrás del Buda y encontramos una fila de personas “tratando de atravesar” un agujero del mismo tamaño de las fosas nasales del Buda. La gente cree que si uno atravesaba las fosas nasales del Buda, uno era bendecido con su aliento. Salimos del templo llenos de reverencia y agradecimiento.

Castaneda solía contarme sobre sus experiencias con Kowayashi, un mentor japonés que tenía, antes de conocer a don Juan Matus, su maestro espiritual. Dijo que Kowayashi fue el primero que le enseñó acerca de un aspecto específico de la forma del guerrero: vivir con simplicidad, y Castaneda era un maestro en eso. A excepción de una silla, un sofá y un televisor, su casa no tenía muebles, ni pinturas en las paredes pálidas, ni espejos, ni decoraciones. Había grandes espacios claros para practicar movimientos y prácticas de silencio. En su armario, al que alguna vez me asomé, tenía dos pares de jeans, algunas camisetas y dos trajes a medida. Todos los gabinetes tenían pocos artículos. Había espacio para respirar en todas partes de la casa, llena de propósito y silencio.

La habitación de mi hostal en Kyoto tenía dos futones que enrollábamos durante el día a fin de poner una pequeña mesa en el tatami para el refrigerio y el desayuno. La ausencia de objetos y pertenencias materiales es lo que hace que el espacio tenga una calma y paz particular. Fue un recordatorio de vivir la belleza de la simplicidad y el propósito de la fortaleza sabiendo que “la experiencia de las experiencias es estar vivo”.

Una de las medidas que tomé cuando volví a Los Ángeles fue dejar mis pertenencias materiales extra; y ahora estoy en este proceso, creando espacios para que fluya el silencio.

It’s Not JUST What You Eat: What Carlos Castaneda taught me about FOOD

Disculpa, pero esta entrada está disponible sólo en Inglés Estadounidense y Ruso. For the sake of viewer convenience, the content is shown below in this site default language. You may click one of the links to switch the site language to another available language.

By the time I met Carlos Castaneda he was very disciplined with food. He emphasized that food had a direct impact in our emotions and our thought processing. It influenced our perceptual capabilities.

“Es muy simple señorita,” he used to tell me in Spanish, “si comes mal, te sientes mal y ves todo mal.” In other words, if you eat crap, you feel like crap, and perceive the world like crap.

I met Castaneda in 1995 in Los Angeles, at one of his events where he taught sequences of movements to revitalize the mind and body. I had read all of Castaneda’s books in Argentina in my young teen years. His bestseller books from the 70’s described the possibility of mysterious, unfathomable parallel worlds laying beneath the ordinary, repetitive and boring mundane world of everyday life. He described how he gained purpose in his life and found meaning even in daily affairs. He had found a new description for himself, and, he said, and it was available to all.

I was imbued with a longing for gaining, meaning and direction at the time. I wanted to learn to live like a warrior: effectively and with daring. I wanted to experience strength, confidence, and above all, to know that my life had meaning and purpose, that I mattered. Meeting him was like meeting a mystic, a legend like Gandhi, Nelson Mandela, or the Pope.

At his event, he walked to the stage wearing dark jeans and a yellowish polo style shirt. He was short and, as I heard someone saying behind me, he was in his early 70’s. However, the fluidity and precision in his movements and the lack of wrinkles in his face made him look much younger. He stood up and looked around at the large group of more than 300 people.

“I would like to invite you all to suspend judgment he said with a large smile. “Don Juan Matus, my mentor, told me new ideas and concepts about the world that were hard for me to grasp, because they contradicted what I knew as a Western man. So I warn you, that the practices that you will experience in this class will challenge your perceptions and the ideas of who you are and of the world around you.”

‘For example”, he continued, “if you come from Argentina, and you had a capuchino this morning, it would be harder for you to remain calm and focused. Caffeine accelerates mental activity and digestion in your intestines. And you may need to run to the bathroom as I speak and miss the lecture,” he said mocking and gesturing as if holding the need to pee. Everyone laughed, including me.

A second later I realized he may be talking about me, even though there were a group of 25 Argentinians. I had had a capucchino in the morning, and a croissant, the typical traditional Argentinian breakfast. And I was holding from going to the bathroom! In the break before his lecture, there had been a large waiting line in the women’s restroom and I had opted for what was familiar for me, holding. Constipation was one of the issues I had as a child, since my basic diet consisted of meat and dairy, with low fiber and green intake. My diet made it challenging for me to digest and eliminate.

“Stimulants, including sugar and salt, weaken your energy systems and for that I urge you all to avoid them, while taking this class. Imperative for those of you suffering from hypoglycemia,” he added. And, again I felt he was talking to me. Low blood sugar was my default state that made my moods swing and my thoughts foggy. I was also used to living on a low-budget, so food was not something that important; if I ate once a day, that was enough.

Castaneda continued walking on the stage with his hands on his pockets as if he was dancing, with ease and largesse, making jokes and joining the laughter with all. For moments he embodied the joy and warmth of a child, and for moments he seemed detached and reflective. All in all, he made us feel like he was one of us, making remarks and jokes, even about himself.

“When I met Don Juan I was chubby and stubborn. I was an intellectual, I did not exercise and I smoked like a pipe. I was a true addict. Don Juan had to trick me to stop,” Castaneda continued. Uncomfortable, I changed the crossing of my legs and straightened my back. Sitting on the floor was hard for me. I was in my early twenties but my back hurt often. I was also a ‘social’ smoker” and I crunched thinking about quitting smoking, yet another thing on my list that I needed to change.

“One afternoon,” Castaneda continued, “Don Juan took me on a long walk to the desert. I needed to buy cigarettes and a new notebook and was walking toward my van with my keys in hand, when he announced he knew a short cut into town. I hesitated but then I agreed. After having a big lunch, it was a good idea to take a walk. As we walked, Don Juan was teaching me about the life in the desert and I didn’t realize that hours had passed until nighttime was upon us. Don Juan told me he was lost and that we needed to spend the night in the desert. We were lucky that he had brought in his backpack some dry meat, covers and water.

I was upset at myself for accepting his invitation, but I didn’t have any other choice. I had no idea where I was and besides, the information Don Juan was sharing with me was invaluable and I enjoyed his company immensely. I couldn’t sleep well that night neither the following nights. We spent the next two-days walking lost and by the fourth day I knew he had tricked me. We finally reached the road, and I realized we had been walking in circles. In town, I was so hungry that I forgot about the cigarettes. And I quit smoking,” he opened his arms to the sides in a triumphal smile.

“I used to carry the cigarette pack on my left pocket” he continued, “and Don Juan suggested to remove all pockets from my shirts to erase the habit of reaching for them. Still, once in a while” –he said bringing his right hand to the left side of his chest, — “I automatically reach for my pockets,” he said laughing with humbleness as admitting the things he couldn’t change.

“But of the things that we can change, are the “auto-pilot” interpretations we made about food,” he explained.

He further said that food was energy, and as such, was meant to not only sustain our body’s energy systems, our health and vitality, but also food was directly related to our states of consciousness, how we experience and feel about ourselves and the world around us.

“When you cut down the stimulants you can sustain mental focus and alertness.” He was now standing still, looking directly to each person in the group, “the real work starts. The question is, What is eating you? What is it inside you that stops you from reclaiming your vitality, your daring, uh? What is it that makes you forget that you are a being that is going to die? Who is eating you?”

I felt so moved and inspired to change my habits and to find out what, inside, was stopping me from feeling vital and strong. After he finished his lecture, he taught movements that resembled martial arts. He said the movements would return the energy back to where it belongs, to the internal organs in the body that he called centers of life and vitality.

After the workshop, I was invited to the lecture he offered to Spanish speakers, and from there to the first, of many lunches with him. I changed my return flight and stayed in Los Angeles with a group of friends. I practiced the movements, the meditations and all what he suggested, and I became part of his inner circle. I learned to use food as energy. I learned to eat food with CHI, energy, to sustain mental alertness and balance my moods. I healed my hypoglycemia and swinging moods. And, most importantly, I learned to OBSERVE thoughts and emotions and not identify myself with them.

In the last year of his life, Castaneda shifted his diet to a plant based one. And that inspired me to shift my diet also to a more plant based one, which supports detoxification at all levels, including addictions. I have been teaching what I learned from him in my classes, and what I have learned from my experience of more than 22 years practicing movements for vitality and increased awareness. But now my question is towards you, my dear reader, what is eating you?