No pierdas tu tiempo y tu poder temiendo la libertad.

“¿Puedes desviarte del camino que tus compañeros han marcado para ti? Y si permaneces con ellos, tus pensamientos y tus acciones se fijan para siempre en sus términos. Eso es la esclavitud. El guerrero, por otro lado, está libre de todo eso. La libertad es cara, pero el precio no es imposible de pagar. Entonces, teme a tus captores, a tus amos. No pierdas tu tiempo y tu poder temiendo la libertad.” – Carlos Castaneda

Durante la cena, mi hijo mencionó acerca del próximo Día de San Valentín y que había recibido una rosa de una niña en la escuela. Mientras mi esposo nos servía pasta y calabacín, mi hijo me preguntó si podía enviarle flores a ella. Asentí. Tenía curiosidad por saber si los niños varones de la clase se enviaban flores entre ellos. Cuando le pregunté, él respondió con otra pregunta:

“¿Eso es algo que puedo hacer?” con sus ojos muy abiertos sorprendido.

“Lo quieres hacer?” le pregunté.

“Si seguro,” dijo. 

Mi esposo intervino: “De ninguna manera, eso no es común. Las flores son generalmente para las mujeres.”

Sentí la atadura familiar en mi estómago que todavía siento cuando surgen cuestiones relacionadas con el género. Les dije que los hombres tienen los mismos derechos que las mujeres de expresar sus sentimientos y compartirlos en lugar de esconderlos detrás hacerse los machos levantando pesas o bebiendo paquetes de cervezas mientras gritan mirando el fútbol. Esta frase salió de mi lengua rápida y afilada, como si hubiera sido ensayada en mi cabeza durante años. Estaba a punto de continuar con la injusticia de las diferencias de género, pero me quedé quieta. Me sorprendí a mi misma de mis respuesta exagerada. Por un momento deje el presente y me transporté al pasado y una parte niña de mí estaba furiosa. Estaba de vuelta en mi infancia.

Crecí en una casa con cinco hombres. A lo largo de los años, fui testigo de cómo ellos reprimían los “buenos sentimientos,” los que los podían hacer reales, como la vulnerabilidad, la amabilidad o el cuidado. En cambio, se les permitía expresar solo uno: la agresión. En particular, uno de mis hermanos fue verbal y físicamente abusivo. ¿Su blanco? Las mujeres. Desde que tenía 3 o 4 años, escuchaba sus quejas y comentarios sarcásticos: “Las mujeres no pueden conducir, las mujeres no pueden dirigir una empresa, las mujeres solo limpian y cocinan, eso es lo único para lo que son buenas, etc.” Parecía disfrutar de mis arrebatos defensivos cuando yo expresaba una opinión diferente, pero eso solo alimentaba su despotricar. A medida que crecí, el despotricar se volvió físico. Me tiraba del pelo, me tapaba la nariz, me empujaba y amenazaba con pegarme. Era difícil hacerle parar o encontrar lugares para escapar de él y esconderme. Al principio, el llorar hacía que finalmente se detuviera, pero a medida que pasaban los años, para ser efectivo, necesitaba ser más dramática para que se detuviera, como tirarme del o golpearme la cara. Durante esos momentos, él me decía: “Ahí tienes, siempre supe que estabas loca”.

Como la mayoría de nosotros, gran parte de mi identidad se basó en estas experiencias de la infancia. Me enfermé cuando tenía nueve años y me di cuenta de que la enfermedad también podía ser un muro protector, para mantener a mi captor alejado de mí. Recuerdo acostarme en la cama de mis padres con fiebre alta y experimentar los límites de la cama como vallas seguras. Era un refugio acogedor, donde podía jugar en mi imaginación y viajar lejos. Para mantenerme a salvo, no comía mucho, así me curaría más lentamente. Me llevó treinta años de reflexión y trabajo interno darme cuenta de cuánto de mi personalidad se había construido alrededor de la interpretación errónea de que solo puedo estar segura si estoy enferma o si de alguna manera me lastimo al negarme la comida y el placer.

Las enseñanzas de Carlos Castaneda fueron el punto de inflexión que me puso en el camino hacia la libertad. Cuando lo conocí por primera vez, yo vivía en una prisión de amnesia creada por mí misma sobre quién era. Estaba consumida por mis pobres mecanismos de autodefensa y la falta de autoestima. El me preguntaba: “¿Qué te han hecho, Chola?”

Reaccionaba a su pregunta defensivamente: “Nadie me hizo nada. Estoy bien,” respondía desafiantemente. Recuerdo hoy claramente su dulce sonrisa, llena de compasión. No confiaba en él, era un hombre, como mi captor. Sin embargo, sentía que él le estaba hablando al mi verdadero Ser detrás de las vallas, la parte de mí que buscaba ser libre.

Me convertí en uno de sus alumnos directos, y aunque era una relación clara entre mentor y alumna, por dentro lo experimenté como mi abuelo. Mis abuelos en ambos lados de mi familia murieron cuando yo era joven y nunca tuve una relación cercana con ellos. Castaneda me instó y me apoyó a estudiar; nadie en mi familia había hecho eso antes. Él me llamaba y preguntaba sobre como estaba y me ayudaba con mi tarea, a veces dictando mis reportes por teléfono. También me instó a observar cómo me aferraba firmemente a mi propia imagen, a mi baja autoestima y a mi condicionamiento debido al miedo. Temía ser etiquetada como la traidora, la que abandonó a su familia. Temblaba ante la posibilidad de dejar de lado mi identidad de felpudo, que era todo lo que tenía. Pero el dolor de aferrarme a eso y de ser quien era mucho mayor que mi miedo a lo desconocido, al cambio.

“La libertad siempre está a tu alcance, en las puntas de tus dedos”, Castaneda me dijo, “¿te atreves a saltar?”

La formación bajo su tutela fue rigurosa. Diariamente, durante horas, practicábamos ejercicios similares a las artes marciales. Comencé a comer comidas sanas y completas cuatro veces al día, sin azúcares, sin sal, sin cafeína ni estimulantes. Tenía que cocinar mis comidas en casa, excepto cuando salíamos a comer con él. Cambié mi nombre y comencé a hablar un nuevo idioma, y ​​por primera vez en mi vida, ¡me sentí fuerte y segura y gané peso! Me convertí en una muy buena estudiante, algo que antes creía imposible de lograr, y hoy tengo dos Licenciaturas. Me enamoré del conocimiento. Y lo más importante, me enganché a lo que los videntes llamaron el pájaro de la libertad.

Hoy, sigo manteniendo la misma disciplina de una alimentación saludable, haciendo ejercicios e involucrando a mi cerebro en pensamientos profundos e interesantes y tengo la intención de hacerlo hasta el día que tome mi último aliento. Sigo aún bajando mis barreras, cuestionando mis miedos y disolviendo creencias limitantes. Acepto hoy que mi valor como ser no tiene nada que ver con mi género, fuerza física, dinero o peso, que no todos los hombres son como mi hermano y que ya nadie está tratando de lastimarme. He asumido la responsabilidad por el hecho de que la única persona que realmente puede lastimarme es mí misma. Me enfrenté al camino aterrador del compromiso de sostener relaciones a largo plazo y a un profundo amor por dos hombres: mi esposo y mi hijo.

La libertad hoy para mí es la aceptación de quién soy, incluyendo mis defectos, mi voz áspera y a veces ruidosa. La libertad ya no se trata de romper los límites fuera de mí. Se trata de romper la división dentro de mí, entre mi condicionamiento y mi corazón. La libertad es integrar la división interna y seguir luchando para ser auténtica, un viaje que aún continúa escribiéndose.

7 comments on “No pierdas tu tiempo y tu poder temiendo la libertad.

  1. Britt Olofsson on

    Thanks so much for sharing your story Aerin.

    Never give up ,but we do need Leaders to learn from.
    I am a 15 years cancer survivor and autoimmune Dx, has been harder than Ca .to handel, but I learn every Day .
    In 3 months I had 3 surgeries , and lost my sister , my nefew and sister in law in another country and I was not strong enough to travel , but in 3 months I Hope my full strenght will there.
    I met you at C.S.C Many year ago when yoy had classes there.

    Love to you and your family

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  2. Assunta Sabina Preziosi on

    Dear Aerin
    I believe that all the women had to fight against some violent in the family, I lived it with my father and with many other men who tried, someone who was able to abuse us. So I understand very well the defense you had put up against men, it is my own defense, it is not trusting men and at the same time seeking among them what can compensate for what has been missing. You found it in Nagual, I only partially in some friend and in my husband who always supports me.
    I also think I would have answered as you did with respect to gender equality, although when I do I always find someone who makes me feel that I am exaggerated, but I am not, instead.
    Today I am willing to live as I am and not as others want me, even if the others are my daughters ….
    I want to be free to speak, if I feel like it, ignoring that I stammer a bit and that sometimes my face takes on strange shapes, and to accept that I am no longer young, without feeling a squeeze in my stomach when I look at my appearance that it is no longer that of youth. For now I don’t take care of myself as I should, both for food and for practice, I’m a bit hit and miss in both cases, but I try not to be too critical with me when I don’t respect the commitments made: the criticism of me it’s what I’m abandoning, trying instead to be welcoming and protective.
    So welcome the freedom to be me, is what I most yearn for right now.
    Thanks for the opportunity to reflect on this issue
    Much love
    Assunta

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