Lo que aprendí de mi padre acerca del amor

what I learned from my father about love

Unos meses atrás, tomé en Los Ángeles una clase sobre el autodesarrollo y surgió el tema del abuso de poder. Un hombre alto de setenta años, se levantó y expresó:

“Todas las mujeres que conozco han sido abusadas sexualmente.” Inmediatamente la imagen de mi mentor espiritual, Carlos Castaneda, diciéndome la misma frase hace más de 20 años me vino a la mente.

Sosteniendo el micrófono en su mano derecha, este hombre continuó:

Y quiero decirle a todas las mujeres aquí presente que no soy uno de los abusadores, y que hay muchos hombres como yo que respetan, honran y aprecian a las mujeres“, se le quebró su voz amorosa y las lágrimas corrieron con amabilidad por su rostro arrugado. Noté pecas en el dorso de sus manos. Él no tenía hijos propios: estaba ayudando a su esposa a criar a sus nietas.

Yo condeno el abuso; está mal “, concluyó. Un aplauso conmovedor del gran grupo lo siguió. Él me recordó a mi padre.

Siete años atrás, la noche después del funeral de mi madre me encontraba cenando con mi papá. Estábamos en un pequeño restaurante, en Buenos Aires, en la esquina de su departamento. Mi padre no tenía hambre pero yo insistí. Estaba pálido y sin aliento, y algo de comida le ayudaría a devolver algo de luz a su ser. Quería pasar tiempo a solas con él, lejos del resto de la familia en duelo; tomar un descanso de estar rodeados por las pertenencias de mi madre.

Las sillas de madera donde nos sentamos se sentían incómodas debajo de mis flacas nalgas. Había perdido peso desde que mi madre fue hospitalizada.

Mi papá pidió una milanesa con papas fritas, un plato típico Argentino, mientras yo buscaba en el menú frenéticamente una opción vegana. El camarero, voluntariamente, me ofreció un plato “fuera del menú” con quinoa y calabaza. Le agradecí. AL segundo noté que los vasos con agua que nos trajo estaban sucios, y la mesa también. Fue casi reconfortante notar las pequeñas cosas de la vida cotidiana, en medio de una experiencia estresante e intensa.

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En ese momento me pareció en lo profundo de mi corazón que todo lo que había aprendido con Castaneda, durante todos estos años de meditación y práctica, era en preparación para ese momento: para aceptar y abrazar la muerte de mi madre con el corazón abierto, sentir la gran pérdida sin negarla o dramatizarla, y experimentar el dolor de mi padre y permitir que así sea, sin juzgarlo.

Dos meses antes, a mi madre le diagnosticaron cáncer de pulmón avanzado. Fue hospitalizada durante tres semanas, se sometió a una cirugía para extraer agua de sus pulmones y recibió grandes dosis de corticoides para forzar la respiración. Regresó a su casa, donde murió pocos días después.

Todo el tiempo, mi padre estuvo a su lado, durmiendo en viejas e incómodas sillas de hospital público, yendo a su casa solo cuando mi madre lo solicitaba. Él no se quejó. Fue amable con los médicos y enfermeras. Lo presencié sentado en silencio a su lado durante horas, sosteniéndole las manos, mirando hacia abajo en busca de una explicación o rezando.

Mi madre era la más fuerte, el comandante en jefe que tenía la última palabra y tomaba decisiones confiables. Le decía a mi padre qué hacer, las facturas que debía pagar, los cumpleaños a los que debía ir. Ella atendía el teléfono y lideaba con la relaciones. Ella tenía la mano en todo y una personalidad dura.

Mi padre había sido un marino en su juventud, con un alma cariñosa, noble y honesta. Era alto, de complexión oscura y guapo. Era introvertido. Nunca levantó su voz ni a ella ni a nosotros sus hijos. Sufrió un ataque al corazón y dejó de fumar. Pero luego, cuando yo era una adolescente, lo despidieron de su trabajo, y eso lo desilusionó. Se deprimió y con la absorción crónica de medicación contribuyó de algún modo a vivir ensimismado.

“Todavía no puedo creer que ella estaba en esa caja”, dijo mirándome a los ojos por primera vez. La caja con las cenizas de mi madre parecía una caja de zapatos de cartón. Había una opción para pagar más dinero por una caja de madera, pero mis hermanos declinaron.

La misa para mi madre tuvo lugar el día anterior, en la iglesia donde mis padres se casaron, y donde todos nosotros fuimos bautizados. La encantadora basílica de la Virgen de Guadalupe fue el segundo hogar de mis padres, donde ofrecieron consejería matrimonial como parte de su servicio a la comunidad. Caminamos la distancia de dos cuadras hasta la iglesia llevando la caja con sus cenizas en una bolsa de papel. El sacerdote colocó la caja sobre el altar.

Estaba sentada junto a mi padre, en los bancos de madera de la iglesia, cuando él me tomó de la mano y me susurró al oído: “¿Puedes creer que mamá está en esa caja”? Tenía ochenta años, pero su voz se sentía tan joven e inocente.

“No papi, ella no está realmente allí”, logré decirle.

Al final del servicio todos seguimos al sacerdote hacia un jardín con flores. El sacerdote le indicó a mi padre que sostuviera las cenizas, pero él me las pasó a mí. Abrí la caja y extendí las cenizas en un pozo comunitario, uniendo las cenizas de mi madre con otros miembros y sacerdotes. Cuando terminó el servicio, noté que una gran fila de personas venían a saludarnos, para darnos el pésame, y decirnos que nuestra madre había sido su mentora, y lamentaban su pérdida. Otros me decían que me parecía a mi madre. Me di cuenta del impacto del trabajo de mi madre en su comunidad.

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“No se suponía que esto sucediera en este orden, esto está mal;” en el restaurante, mi padre resistía lo inevitable. En lugar de unirme a la desesperación o juzgarlo, algo dentro de mí decidió escucharlo. “Escucha a los demás como si tu vida dependiera de eso”, solía decirme Castaneda. Escuché y le di espacio a mi padre para que dijera cualquier cosa que quisiera decir, incondicionalmente.

La comida finalmente llegó y la mía sabía demasiado salada. La de mi padre se veía mejor. Le robé sus papas fritas.

“Tu madre fue la única para mí. Nunca hubo otra” me dijo sorprendido, casi maravillado de sus propias palabras. “Ella fue la única mujer en mi vida”.

Mi papá apoyaba a mi madre incluso cuando estaba en desacuerdo. La elogiaba, le agradecía por su trabajo en la casa y con sus hijos, le traía rosas rojas, sus flores favoritas, y celebra el tiempo que tenían juntos. Pero nunca me había enterado de cuán profundo era su amor.

¿Qué hará mi papá sin mi mamá? Pensé mientras lo escuchaba derrumbarse en lágrimas. Una parte de mí quería consolarlo, decirle que iba a estar bien. Otra parte de mí quería poner mi cabeza en su hombro, ser consolado por él, que me dijera que iba a vivir mucho tiempo.

No seguí ninguna de mis voces internas. Mantuve mi contacto visual, escuchando sus relatos sobre cómo conoció a mi madre; cómo solían hablar por la radio mientras viajaba por el mundo; cómo decidieron casarse; cómo decidió sacrificar el tener un título universitario para ganarse el pan y criar a seis hijos.

Doce meses después, en el mismo mes, mi padre murió. Conduje directamente desde el aeropuerto hasta la funeraria. Su cuerpo estaba frío, pero parecía fresco y vivo. Murió pacíficamente en su casa por la mañana, sentado en el sofá, después de terminar su té. Besé su frente y sostuve sus manos. Pude amarlo de la manera que él amó.

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13 comments on “Lo que aprendí de mi padre acerca del amor

  1. amanda lucero on

    Gracias, en los pequeños e intensos gestos y palabras está siendo la amorosidad recibida, vivenciada, transmutada.
    Estoy por mudarme a 8 meses de la partida de Juan Carlos, (Compañero de 20 años de vida) y no sólo siento su presencia/ausencia. sino que me vi obligada a revisar elegir y tirar miles de fotos, papeles, objetos, haciendo recapitulación de bloques de memoria, que ellos suscitaban.
    Lo memorable sucede en este instante en que me reencontré con los cuadernos de poesía, y reflexiones sobre sus vidas, (semejante a cuadernos de navegación), de mi abuelo, de mi abuela materna, de mi tío (hermano de mi mamá y mi propia mamá.
    Escritos que liberaron en mí un gran agradecimiento pues sentí y comprendí profundamente los sinceros amores que fueron y son cimientos para la vida de mis dos hijos, mi hija y mi nieta de 4 añitos. Abrazo sincero Amanda Lucero.

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  2. Benjamin Antunez Garcia on

    “Escucha a los demás como si tu vida dependiera de eso”, solía decirme Castaneda…

    Gracias Aerin!!!

    Benjamín Antúnez

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  3. CARLA SABRINA OLIVIERI on

    Gracias Aerin por compartir tu historia de amor, contuve mis lágrimas para poder terminar de leer. Me recordó a mi padre quien falleció hace 12 años y a quien amé muchísimo. Claro que inspira tu sanación y me trae al aquí y ahora cuando siento a la muerte como parte de nuestra vida. Mucho amor para tí.
    Carla Olivieri

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