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Experimentando la libertad en Mexico!

Estoy de pie con las maletas llenas, mirando el océano azul turquesa y deseando que este momento dure para siempre. Dentro de unas horas regresaré a Los Ángeles, pero no quiero regresar. Quiero estar suspendida en la intersubjetividad creada por nuestro grupo aquí en la sagrada tierra Maya, un lugar donde el tiempo se curva en los espacios entrelazados del mito y la historia.

Nuestro viaje a México no fue un tour; fue una aventura transformadora que está reclamando fuertemente su espacio en cada célula de mi cuerpo. Me enamoré de cada participante, cada héroe de este viaje de siete días, donde aprendimos a trascender las ilusiones de la certeza y a escuchar la sabiduría de los ancestros, a los pájaros en la selva, a lo mejor de nuestros corazones, anhelando la autenticidad. Las lágrimas que derramamos en nuestras despedidas lavaron el último trozo de nubes en nuestros ojos. Hoy nos enfrentamos al cielo despejado, inhalando la energía del sol en el interior, sabiendo quiénes somos. Somos los mayas, somos los naguales, somos el sueño de la serpiente emplumada, viajando a través de experiencias, reconociéndonos y recordándonos a nosotros mismos.

Orión todavía brilla sobre mi cabeza, las pleiades justo detrás de mí.

En este viaje, abracé todo mi ser, aceptando mis deficiencias como acepté las curvas en los bordes de la pirámide del mago, riéndome de algunos pensamientos irracionales que proyectaban en mi cabeza todo lo malo lo que podría suceder y experimentando la vida tal como es: cruda, pura, corazón abierto, increíble. Mis lágrimas al final fueron al darme cuenta de lo bien que salió todo, de lo bendecida que estaba de estar con seres vibrantes que brillan inocencia y sabiduría. Actualicé viejas interpretaciones acerca de la dureza y el sufrimiento en la vida. No se necesita ninguno de ellos para vivir en este nuevo tiempo, el 2020, un año para saltar surcos.

Gracias a todos ustedes, amigos y familia real, por estos momentos, siempre navegados en la rueda del tiempo.

Abajo puedes encontrar varias fotos de nuestro viaje a México en este mes de febrero de 2020. Estamos planeando otro viaje a México del 15 al 21 de noviembre de 2020. ¡No te lo pierdas!

¡Espero verlos a todos muy pronto!

Con mucho amor y gratitud,
Aerin

 

No pierdas tu tiempo y tu poder temiendo la libertad.

“¿Puedes desviarte del camino que tus compañeros han marcado para ti? Y si permaneces con ellos, tus pensamientos y tus acciones se fijan para siempre en sus términos. Eso es la esclavitud. El guerrero, por otro lado, está libre de todo eso. La libertad es cara, pero el precio no es imposible de pagar. Entonces, teme a tus captores, a tus amos. No pierdas tu tiempo y tu poder temiendo la libertad.” – Carlos Castaneda

Durante la cena, mi hijo mencionó acerca del próximo Día de San Valentín y que había recibido una rosa de una niña en la escuela. Mientras mi esposo nos servía pasta y calabacín, mi hijo me preguntó si podía enviarle flores a ella. Asentí. Tenía curiosidad por saber si los niños varones de la clase se enviaban flores entre ellos. Cuando le pregunté, él respondió con otra pregunta:

“¿Eso es algo que puedo hacer?” con sus ojos muy abiertos sorprendido.

“Lo quieres hacer?” le pregunté.

“Si seguro,” dijo. 

Mi esposo intervino: “De ninguna manera, eso no es común. Las flores son generalmente para las mujeres.”

Sentí la atadura familiar en mi estómago que todavía siento cuando surgen cuestiones relacionadas con el género. Les dije que los hombres tienen los mismos derechos que las mujeres de expresar sus sentimientos y compartirlos en lugar de esconderlos detrás hacerse los machos levantando pesas o bebiendo paquetes de cervezas mientras gritan mirando el fútbol. Esta frase salió de mi lengua rápida y afilada, como si hubiera sido ensayada en mi cabeza durante años. Estaba a punto de continuar con la injusticia de las diferencias de género, pero me quedé quieta. Me sorprendí a mi misma de mis respuesta exagerada. Por un momento deje el presente y me transporté al pasado y una parte niña de mí estaba furiosa. Estaba de vuelta en mi infancia.

Crecí en una casa con cinco hombres. A lo largo de los años, fui testigo de cómo ellos reprimían los “buenos sentimientos,” los que los podían hacer reales, como la vulnerabilidad, la amabilidad o el cuidado. En cambio, se les permitía expresar solo uno: la agresión. En particular, uno de mis hermanos fue verbal y físicamente abusivo. ¿Su blanco? Las mujeres. Desde que tenía 3 o 4 años, escuchaba sus quejas y comentarios sarcásticos: “Las mujeres no pueden conducir, las mujeres no pueden dirigir una empresa, las mujeres solo limpian y cocinan, eso es lo único para lo que son buenas, etc.” Parecía disfrutar de mis arrebatos defensivos cuando yo expresaba una opinión diferente, pero eso solo alimentaba su despotricar. A medida que crecí, el despotricar se volvió físico. Me tiraba del pelo, me tapaba la nariz, me empujaba y amenazaba con pegarme. Era difícil hacerle parar o encontrar lugares para escapar de él y esconderme. Al principio, el llorar hacía que finalmente se detuviera, pero a medida que pasaban los años, para ser efectivo, necesitaba ser más dramática para que se detuviera, como tirarme del o golpearme la cara. Durante esos momentos, él me decía: “Ahí tienes, siempre supe que estabas loca”.

Como la mayoría de nosotros, gran parte de mi identidad se basó en estas experiencias de la infancia. Me enfermé cuando tenía nueve años y me di cuenta de que la enfermedad también podía ser un muro protector, para mantener a mi captor alejado de mí. Recuerdo acostarme en la cama de mis padres con fiebre alta y experimentar los límites de la cama como vallas seguras. Era un refugio acogedor, donde podía jugar en mi imaginación y viajar lejos. Para mantenerme a salvo, no comía mucho, así me curaría más lentamente. Me llevó treinta años de reflexión y trabajo interno darme cuenta de cuánto de mi personalidad se había construido alrededor de la interpretación errónea de que solo puedo estar segura si estoy enferma o si de alguna manera me lastimo al negarme la comida y el placer.

Las enseñanzas de Carlos Castaneda fueron el punto de inflexión que me puso en el camino hacia la libertad. Cuando lo conocí por primera vez, yo vivía en una prisión de amnesia creada por mí misma sobre quién era. Estaba consumida por mis pobres mecanismos de autodefensa y la falta de autoestima. El me preguntaba: “¿Qué te han hecho, Chola?”

Reaccionaba a su pregunta defensivamente: “Nadie me hizo nada. Estoy bien,” respondía desafiantemente. Recuerdo hoy claramente su dulce sonrisa, llena de compasión. No confiaba en él, era un hombre, como mi captor. Sin embargo, sentía que él le estaba hablando al mi verdadero Ser detrás de las vallas, la parte de mí que buscaba ser libre.

Me convertí en uno de sus alumnos directos, y aunque era una relación clara entre mentor y alumna, por dentro lo experimenté como mi abuelo. Mis abuelos en ambos lados de mi familia murieron cuando yo era joven y nunca tuve una relación cercana con ellos. Castaneda me instó y me apoyó a estudiar; nadie en mi familia había hecho eso antes. Él me llamaba y preguntaba sobre como estaba y me ayudaba con mi tarea, a veces dictando mis reportes por teléfono. También me instó a observar cómo me aferraba firmemente a mi propia imagen, a mi baja autoestima y a mi condicionamiento debido al miedo. Temía ser etiquetada como la traidora, la que abandonó a su familia. Temblaba ante la posibilidad de dejar de lado mi identidad de felpudo, que era todo lo que tenía. Pero el dolor de aferrarme a eso y de ser quien era mucho mayor que mi miedo a lo desconocido, al cambio.

“La libertad siempre está a tu alcance, en las puntas de tus dedos”, Castaneda me dijo, “¿te atreves a saltar?”

La formación bajo su tutela fue rigurosa. Diariamente, durante horas, practicábamos ejercicios similares a las artes marciales. Comencé a comer comidas sanas y completas cuatro veces al día, sin azúcares, sin sal, sin cafeína ni estimulantes. Tenía que cocinar mis comidas en casa, excepto cuando salíamos a comer con él. Cambié mi nombre y comencé a hablar un nuevo idioma, y ​​por primera vez en mi vida, ¡me sentí fuerte y segura y gané peso! Me convertí en una muy buena estudiante, algo que antes creía imposible de lograr, y hoy tengo dos Licenciaturas. Me enamoré del conocimiento. Y lo más importante, me enganché a lo que los videntes llamaron el pájaro de la libertad.

Hoy, sigo manteniendo la misma disciplina de una alimentación saludable, haciendo ejercicios e involucrando a mi cerebro en pensamientos profundos e interesantes y tengo la intención de hacerlo hasta el día que tome mi último aliento. Sigo aún bajando mis barreras, cuestionando mis miedos y disolviendo creencias limitantes. Acepto hoy que mi valor como ser no tiene nada que ver con mi género, fuerza física, dinero o peso, que no todos los hombres son como mi hermano y que ya nadie está tratando de lastimarme. He asumido la responsabilidad por el hecho de que la única persona que realmente puede lastimarme es mí misma. Me enfrenté al camino aterrador del compromiso de sostener relaciones a largo plazo y a un profundo amor por dos hombres: mi esposo y mi hijo.

La libertad hoy para mí es la aceptación de quién soy, incluyendo mis defectos, mi voz áspera y a veces ruidosa. La libertad ya no se trata de romper los límites fuera de mí. Se trata de romper la división dentro de mí, entre mi condicionamiento y mi corazón. La libertad es integrar la división interna y seguir luchando para ser auténtica, un viaje que aún continúa escribiéndose.

Buscar la libertad es la única fuerza impulsora que conozco

Una de las premises principales del Guerrero que aprendimos de Carlos Castaneda hace más de veinte años fue acerca de la libertad de percepción. Definió la libertad como la posibilidad de percibir no solo al mundo dado por sentado, sino también el experimentar todo lo que es humanamente posible de lograr.

Cuando Miles y yo conocimos Castaneda queríamos ser libres, pero realmente no sabíamos de qué queríamos liberarnos. El propósito de lograr la libertad de percibir y experimentar sin limitaciones nos ha llevado a un largo viaje de descubrimientos internos en el que todavía estamos hoy. Nos preguntamos, ¿qué es la libertad? ¿Cómo se vive en la vida diaria? Las respuestas son complejas, multifacéticas y en constante evolución.

Castaneda escribió:

“Buscar la libertad es la única fuerza impulsora que conozco. Libertad para volar a ese infinito allá afuera. Libertad para disolverse; despegar ser como la llama de una vela que, a pesar de estar a la luz entre mil millones de estrellas, permanece intacta, porque nunca pretendió ser más de lo que es: una simple vela.”

Como ejemplo de nuestro procesos, hemos reflexionado sobre la libertad en el contexto de la identidad de género. Nuestra identidad de género nos es dada al nacer, de acuerdo con nuestra anatomía. Desde el primer día estamos condicionados y moldeados de acuerdo con los parámetros asignados por nuestra socialización a esa identidad de género: quiénes podemos ser, cómo comportarnos, nuestros pensamientos, sentimientos, la capacidad de expresarnos, cómo vestirnos, qué trabajos tener, como amar. Cada uno de nosotros fué y es afectado por el condicionamiento social en un grado diferente quizás, pero del condicionamiento nadie parece liberarse.

Desde muy joven me enseñaron que debía ayudar a mi madre con las tareas domésticas que incluían por ejemplo, hacer las camas de mis hermanos mientras jugaban afuera. Yo también quería jugar fútbol afuera, pero no era apropiado que una niña se ensuciara los zapatos y se lastimara las piernas. En la cena familiar también quería participar, ser escuchada y expresarme como lo hacían los hombres de la familia, pero me callaban. Estaba condicionada a creer que los hombres eran más importantes y que cuando un hombre habla, las mujeres lo escuchan con atención y no al revés.

Es ese tipo de condicionamiento interfiere con nuestra posibilidad de libertad, aunque las circunstancias pueden ser diferentes para cada individuo.

Por ejemplo, una mujer puede estar condicionada a trabajar duro para alcanzar una carrera de alto perfil, mientras que de hecho tiene un profundo deseo oculto de ser madre y ama de casa. En muchas culturas, las mujeres sin carrera tienen muy poco valor. Y en otras culturas, todavía hoy en día, las mujeres sin esposo tienen poco valor.

Un hombre puede embarcarse en la búsqueda de ser un abogado exitoso de alto perfil, mientras que su verdadero deseo es ser artista o músico. Ha sido condicionado a creer que el arte no traerá éxito. A veces, nuestro condicionamiento social es tan fuerte que no sabemos hacernos las preguntas que nos permiten perseguir nuestros verdaderos intereses y pasiones, al tiempo que nos permitiría luchar por la realización de nuestro verdadero potencial y vivir una vida con alegría y significado profundo.

Raramente tenemos el espacio interno para cuestionar: ¿Quién soy yo? ¿Qué quiero? ¿Para qué estoy aquí? Preguntar sin sentir la prisa por complacer las demandas de nuestro entorno o lo que nos ha impuesto. ¿Ya has descubierto tu verdadero Ser? ¿Te has preguntado qué deseas, cuáles son tus pasiones y sueños? O, como diría Carlos Castaneda: “¿Estás en un camino que tiene corazón?”. ¿Estás trabajando para liberarte del enredo de las expectativas de los demás y las ideas de lo que es correcto y aceptable?

Reconozcamos, en el contexto de nuestra identidad de género, que la biología de hombres y mujeres es diferente. Tenemos el MISMO VALOR, y deberíamos tener LOS MISMOS DERECHOS de ser nosotros mismos, las mismas oportunidades para estudiar, para tener carreras, para cumplir nuestros sueños como individuos, más allá del género. Ser tratado con justicia y respeto por nuestra sociedad. Sin embargo, nuestros cerebros funcionan de manera diferente y, a menudo, nuestros deseos y formas de realización son diferentes.

El elegir seguir lo que realmente está profundamente oculto dentro de nosotros es un proceso de descubrimiento y coraje. Es el viaje del héroe, el guerrero que quiere romper con la dominación del condicionamiento y las reglas implantadas en nuestros cerebros, parar el piloto automático de hábitos y repeticiones, y ser auténtico y leal a el propósito de nuestras almas.

La libertad es elegir ser TU SER único, incluso si la gente de tu alrededor desaprueba tus elecciones; se trata de ir por tus sueños, a pesar de los obstáculos. Significa aceptar quién eres realmente, no esconderlo, fingirlo o avergonzarte. La libertad tiene un precio: deberás asumir la responsabilidad de las elecciones que hagas, concentrarte y mantenerte en tu propósito sin darte por vencido.

Sí, a veces es difícil en nuestras vidas cambiar de rumbo y seguir nuestros verdaderos deseos, pero es una tarea que vale la pena. Te invitamos a considerar estas tres preguntas abiertas:

• ¿Alguna vez cambiaste el curso de tu vida a sabiendas porque escuchaste a tu verdadero yo?
• ¿Qué obstáculos encontraste en el camino?
• ¿Este viaje enriqueció tu vida?

Comparte tu historia, nos gustaría escucharla!. ¡Gracias!

¿Por qué envejecemos? ¡Vivamos una vida que valga la pena vivir!

La cuestión de si es posible frenar el envejecimiento es algo que nos ha interesado, a la humanidad, toda nuestra historia. Es tan relevante para nosotros hoy como lo ha sido siempre. El progreso científico reciente indica que el proceso de envejecimiento no solo puede ralentizarse, sino que, bajo ciertas circunstancias, puede revertirse. En términos simples, ¡tu cuerpo físico puede volverse más joven!

Nos gustaría compartir contigo la investigación de David Sinclair, un profesor de Harvard y uno de los científicos líderes en el campo del envejecimiento, quien hizo la lista de la revista Time de las 100 personas más influyentes del mundo en 2014. En su investigación, reconoce que la duración de nuestra vida activa definitivamente ha aumentado durante el siglo pasado, por lo tanto, vivimos más tiempo. Pero la pregunta integral de su investigación es: ¿podemos vivir mejor? En su libro “Vida útil: por qué envejecemos y por qué no tenemos que hacerlo”, afirma que “en lugar de luchar por la juventud, estamos luchamos por la vida”. O, más específicamente, luchamos contra la muerte, pero no hay un énfasis en la calidad de vida … Hemos ganado años adicionales, pero no calidad de vida, y una vida sin calidad, vale la pena vivir?.”

A nuestro maestro Carlos Castaneda le gustaba presumir un poco de su asombrosa juventud, a veces, incluso a sus setenta y pico años. Se levantaba una pierna del pantalón mientras comentaba: “¡Estas no son las piernas de un viejito.” Y luego agrega: “Ser joven cuando tienes treinta años … no es gran cosa. Ser joven cuando tienes setenta años … ¡eso es brujería! ”. El envejecimiento es una de los cuatro enemigos del hombre de conocimiento, Castaneda nos enseñaba. Y su mensaje era, en esos momentos que todas las recomendaciones dietarías y practicas específicas de ejercicios y meditación tenían y tienen como objetivo activar esos genes juveniles, y que sí, se puede hacer! 

En su investigación, Sinclair identifica una proteína llamada sirtuina, que desempeña un papel importante en la capacidad de nuestro cuerpo para interpretar nuestra información genética y reparar nuestras células de ADN dañadas. También tenemos moléculas en nuestros cuerpos, llamadas NAD, que activan esa proteína. Sin embargo, con la edad, nuestro cuerpo comienza a quedarse sin NAD, lo que causa un mal funcionamiento de las sirtuinas. Esto, según Sinclair, es una causa única de envejecimiento.

A lo largo de nuestras vidas obtenemos NAD de lo que comemos: vegetales verdes, leche, y levadura. En su investigación, Sinclair identifica el circuito de supervivencia de un cuerpo, prácticas a través de las cuales podemos decirle a las sirtuinas para aumentar la defensa de nuestras células de ADN. Estas prácticas son ejercicio físico regular, exposición al frío y limitación de nuestra ingesta de alimentos. Aunque esta investigación aún está en curso y se necesitan muchos más experimentos para profundizar los hallazgos de Sinclair, existe una gran cantidad de estudios que respaldan su investigación. En pocas palabras, si pasas 15 minutos al día haciendo ejercicio, de vez en cuando sales a caminar sin chaqueta y te salteas una comida, estás invirtiendo activamente en mantenerte más joven.


Queremos mencionar aquí que hay algunas compañías que fabrican suplementos de NAD que pueden tomarse por vía oral todos los días. Es difícil hacer una afirmación sobre si esos suplementos hacen el trabajo previsto, pero si alguno de ustedes los ha probado o tiene la intención de probarlos, háganos saber sus comentarios. Eso debería al menos hacer una discusión interesante.

¡Vivamos una vida que valga la pena vivir!

2020: We are present to the challenge!

Hola Community,
Miles, Axel y yo pasamos la última semana de 2019 en casa, reduciendo la velocidad y las demandas, terminando el año, pagando cuentas y reciclando ropa y pertenencias. Hemos estado reduciendo la cantidad de cosas, de pertenencias. No solo a nivel material, donando para el bienestar de otros. Sino también, reduciendo el drama emocional y la negatividad innecesaria. Cocinamos cada comida, dormimos mucho. Nos refugiamos en el calor de nuestra tribu y nos basamos en una conciencia tranquila y ligera: experimentar la vida real y reunir Silencio interno.

No sabemos cómo sientes el nuevo año, pero para nosotros el 2020 está trayendo un tremendo impulso para la evolución de nuestro futuro humano, nuestros recursos humanos y la viabilidad física del planeta para sostenernos. 

Una pregunta que gira alrededor de nuestra conciencia, para Miles y para mí hoy es, ¿cómo nos presentamos a este desafío, al tiempo venidero? Lo que estamos viendo en el horizonte en este momento no es solo este año, sino toda la década que comienza, un tiempo de definiciones para nuestra especie y la Tierra, de elecciones que darán forma al resto del siglo y más allá.

Para momentos como este, nuestro mentor Carlos Castaneda nos imprimió la idea de el estar listo para recibir al tiempo venidero, es decir, un estado particular de ser caracterizado por una disposición completa para abrazar lo que viene, un estado de compromiso, alerta, fluidez y ligereza. Casi parece que todo nuestro entrenamiento con él fue para prepararnos para encarnar los principios de preparación para esta coyuntura precisa en el tiempo, hoy.

Aquí hay una imagen que Miles soñó, que describe la energía de este momento:

“Todos estamos parados en una meseta, uno al lado del otro: Aerin, Axel y yo, nuestros amigos cercanos, colegas, maestros de Being Energy y practicantes, tomados de la mano, con todo el linaje de los Videntes del Mexico antiguo que nos apoyan, pero con la mirada firme adelante, en preparación, en estado de alerta. Un vasto paisaje yace enfrente abierto, pero no escrito, y damos un paso adelante con nuestra decision y poder de elección, hacia nuestro destino.”

El poder ELEGIR es una de las pocas opciones verdaderas que se nos ha dado, Castaneda solía decirnos. En muchos casos, no podemos elegir nuestras experiencias de vida, pero si podemos elegir qué pensar sobre ellas y cómo interpretarlas. Podemos elegir nuestra postura, el significado que le damos a las cosas y la actitud en la que nos mostramos. El mundo tal como se nos viene en este nuevo año y década está lleno de incertidumbre y velocidad creciente. Estamos siendo arrastrados hacia las noticias negativas, y un ánimo de miedo. Como guerreros, podemos ser conscientes de todo esto y elegir mantenernos firmes en nuestra verdad.

Lo que proponemos Miles y yo es: Apostar por el espíritu humano y dar todo de nosotros, lo mejor que podemos y algo más. Sostengamos estados de  consciencia y corazón abierto, mano a mano apoyándonos mutuamente y ensoñando para experimentar lo que es real.

Saludo y abrazo a ti, y a toda la comunidad de Being Energy y más allá, a todos los seres que hoy deciden estar conscientes y presentes al desafío de este tiempo venidero.

Presentes contigo, y más allá de las palabras,
Miles y Aerin

La perfecta imperfecta hija

Siempre me sentí pequeña alrededor de mi madre. De niña la veía como el comandante en jefe de la familia, a cargo de todas las decisiones y la fuente de todo lo que necesitaba y quería.

Recuerdo que tenía seis años, una tarde puliendo los pisos de madera de la sala de estar de nuestra casa. Estaba enfocada en hacer un buen trabajo para conseguir la aprobación de mi madre. Cada esquina del piso era brillante. Pulí debajo del sofá, el área del comedor y la mesa de la consola, donde se exhibía el gran jarrón blanco que pertenecía a la bisabuela. Ese era el único artículo “valioso” en nuestra familia de seis niños y un perro. La cuerda del pulidor de pisos se enredó alrededor de una de las patas de la mesa sin que me diera cuenta. Mientras me alejaba con orgullo hacia el pasillo, pensando que había hecho un gran trabajo, tiré del cable accidentalmente, sacudiendo la mesa. El jarrón cayó al suelo y se rompió en docenas de piezas.

Mi madre no se enojó como yo esperaba. En su lugar, exhaló con resignación y sin mirarme, salió de la habitación. Un sentimiento de culpa se acumuló en mí y permaneció durante décadas.

Crecí consciente de las largas horas de trabajo de mi madre en la casa. No teníamos máquinas lavaplatos, lavandería ni secadoras. Todos vivíamos con un presupuesto ajustado. Ella hacía la limpieza, las compras y cocinaba todas las comidas, incluyendo el pan. Ella cocía nuestra ropa y trabajaba para afuera arreglando ropa para los vecinos, produciendo los pesos adicionales que necesitábamos para pasar el mes.

Mi madre no tenía tiempo para llevarme a la escuela o de sentarse conmigo para hacer la tarea. Ella se perdió la mayoría de las conferencias de maestros y padres y mis graduaciones de la escuela primaria y secundaria. Yo era demasiado joven para entender y reconciliar la necesidad de su atención y conexión con sus demandas de criar a seis hijos.

De adolescente, me molestaba el hecho de que mi madre estuviera ocupada haciendo cosas para otras personas, ayudando en la iglesia o visitando amigas, y que no tuviera tiempo para mí. Me distancié: ella no sabía nada de los abusos sexuales que sufrí, mi frustración por la injusticia social, mis sueños de viajar por el mundo, mis novios.

Unos días antes de mi primer viaje a Los Ángeles, a donde finalmente me mudé, estábamos sentadas a la mesa de la cocina: ella quería hablarme sobre mi viaje. Mi madre nunca había salido del país; estaba con miedo y preocupada Ya tenía más de veinte años y una conversación íntima con mi madre la sentí incómoda y extraña. No sabía cómo hablar con ella, así que coloqué mi cabeza en su regazo, como hacen los niños pequeños, para que la madre los acaricie.

Mi madre no se movió. El contacto físico conmigo era incómodo para ella y me pidió que me sentara derecha. Ahí estaba otra vez, sintiéndome como la hija no deseada que no sabía cómo complacer a su madre. Una serie de situaciones similares llegaron a mi conciencia:

  • No mantuve mi cabello rizado corto como ella quería: en lugar de eso, llevaba el pelo largo y rubio, luego lo teñí de azul, luego rojo  y luego negro.
  • No quería casarme y depender de un hombre.
  • No estudié para ser secretaria, maestra de escuela o enfermera, los trabajos destinado a las mujeres en mi familia. En cambio, estudié teatro y artes.
  • Me uní a las protestas callejeras por los derechos humanos y de las mujeres.
  • No confesé mis pecados a los sacerdotes.
  • No fui a la iglesia en cambio, me uní a grupos que cuestionaban la existencia de Dios.
  • No me quedé en casa hasta el día anterior en que me casé como lo hicieron mi hermana y mis hermanos. En cambio, conseguí un trabajo y alquilé mi propio apartamento.

Y luego, me mudé a otro país, y durante varios años no nos comunicamos.

Mi madre sobrevivió a todas las decepciones, dolores y dolores. Ella no abandonó nuestra relación, y yo tampoco. Sané mis sentimientos de abandono, mi percepción errónea de no ser deseada y querida.

Años más tarde, después de nuestra reunión y sanación, hablábamos, mirándonos a los ojos, con honestidad. No nos convertimos en mejores amigas, pero, sin embargo, establecimos una conexión real y profunda.

Ocho años atrás, me encontré sentada al final de su cama en el hospital; le estaba masajeando los pies con ternura. Le habían diagnosticado cáncer de pulmón y su cuerpo estaba muy débil. Con remordimiento, mencioné a mi madre acerca de mis sentimientos de culpa por romper el jarrón. Ella se rió. No esperaba eso. Ella dijo que odiaba ese jarrón, y en realidad estaba contenta de que se rompiera. Traté de hacer un punto recordándole lo decepcionada que estaba conmigo durante mis años de adolescencia. Ella sonrió. Ella dijo que estaba pasando por su menopausia y que su comportamiento hacia mí no tenía nada que ver conmigo. Te quiero, me dijo. Te quiero, le dije.

Hoy, puedo entender y reconciliar nuestras diferencias y amar a mi madre más que nunca. Estoy agradecida, ella fué la madre perfectamente imperfecta para mí y yo fuí su hija perfectamente imperfecta.

Superando el miedo a los hombres

No sabía que el miedo todavía me dominaba hasta que escuché a hablar a Amanda Nguyen. Años atrás, solía despertarme de pesadillas donde un hombre me atacaba. Verificaba debajo de la cama y detrás de las cortinas por temor a un hombre escondido en algún lugar de la casa. Miraba detrás de mi espalda cuando volvía caminando a casa desde el trabajo. Tenía cerraduras adicionales en mi puerta; dormía con una luz encendida. Hasta hoy día, no me había dado cuenta de la magnitud de cómo el miedo me ha afectado en el pasado y de cómo todavía puede afectarme hoy. Esta es mi historia.

Amanda Nguyen estaba en el escenario sentada al lado de mi esposo. El moderador del panel sobre Hombres Conscientes en la “Cumbre de Líderes con Amor” en Aspen, Colorado, presentó la charla preguntándole a Amanda sobre su opinión sobre el papel de los hombres hoy después del movimiento #Me Too. Amanda nació en 1991 de refugiados vietnamitas, está nominada al Premio Nobel de la Paz y ayudó a redactar la “Declaración de Derechos de Sobrevivientes de Agresión Sexual” que se aprobó por unanimidad en el Congreso de Estados Unidos en el 2016.

Amanda habló con calma y lentamente, su largo cabello negro brillaba, su rostro revelaba una piel hermosa y joven. Me gustó de inmediato. Me había perdido su presentación anterior durante la conferencia, donde me invitaron con mi esposo a enseñar un taller sobre el ánimo y consciencia del guerrero, el visionario y el sanador, tres de los arquetipos chamanísticos y cómo estos estados de ánimo y de consciencia se aplican a nuestra vida diaria. En mi primera impresión, Amanda incorporaba la conciencia de liderazgo y las habilidades que busco en mí misma.

“¿Qué harías si los hombres de tu ciudad estuvieran sujetos a un toque de queda después de las 9:00 de la noche?”

Amanda compartió que había publicado esa pregunta en Twitter días antes y las respuestas de mujeres fueron abrumadoras:

“Dormiría con las ventanas abiertas”

“Iría a correr por mi barrio”

“Me gustaría dar un paseo por la playa por la noche”

Inesperadamente, su pregunta rompió algo en mí. Lo del toque de queda me hizo acordar a mi infancia en Argentina.

“Me vestiría de la manera que quiera, y dejaría mi cabello con rulos suelto”

“Me gustaría decir lo que pienso y ser escuchada”

“Diría la verdad de lo que me ocurrió cuando niña sin vergüenza”

La pregunta de Amanda perforó mi corazón y se quedó conmigo varios días después de que volviera a casa. Traté de distraerme con mi trabajo en Los Ángeles y la vida escolar de mi hijo, pero durante mi clase de escritura, una noche, todo volvió.

¿Quién sería yo sin el miedo a los hombres?

Tenía 5 años y estaba en casa con mi familia un domingo por la tarde húmedo y caluroso. Mis padres, hermanos mayores y hermanas estaban sentados en la mesa charlando y saboreando mate y facturas Argentinas. La ocasión especial fue nuestro invitado: el primo segundo de mi madre que nunca antes había conocido. No puedo recordar su nombre, pero sí recuerdo que me agarró por la cintura y, sin preguntarme, me sentó en su regazo mientras expresaba algo así como “qué nena tan linda”. Mi temor fue inmediato y traté de alejarme de él. Me pregunté si alguna vez se lavaba los dientes este señor porque olía sucio y a alcohol. También sin mi consentimiento, colocó su mano entre mis piernas. Yo llevaba pantalones cortos; Él mantuvo su mano en mis áreas privadas. Con nerviosismo, seguí moviéndome tratando de alejarme hasta que mi madre le hizo un comentario de disculpa a su primo sobre “Que nena ansiosa e inquieta que esta”. Me quedé inmóvil y contuve la respiración. Recuerdo que traté de mirar a madre a los ojos en busca de ayuda. Hoy, a veces siento una tensión en mis músculos de la ingle debido a este incidente.

Tenía 12 años y me dirigía a la fiesta de cumpleaños de una amiguita de la escuela. La estación de subterráneo se veía vacía y tranquila el domingo por la tarde. Mi padre me había explicado donde necesitaba cambiar de tren, de la línea D a la A, la línea de subte más antigua con asientos y puertas de madera que no cerraban bien. Era la primera vez que viajaba sola en el subte y estaba alerta y prestando atención a mi entorno. Esperé pacientemente a que llegara el tren de la Línea A; no había nadie en la estación y conté en voz alta cada paso que daba, sujetando con fuerza la bolsa de plástico con el regalo para mi amiga: una remera rosa que mi madre eligió adecuada para una niña de 14 años. El viaje en la línea A duró aproximadamente 15 minutos, lo que también me imagino que contaría, ya que no llevaba reloj y los teléfonos celulares no existían. Llevaba un pequeño bolso que había tejido a mano para mi muñeca, con un par de monedas para hacer una llamada en caso de emergencia, la dirección de la casa de mi amiguita y el boleto del subte para mi viaje de vuelta a casa.

Una vez en el coche, me senté junto a la puerta, sosteniendo la barandilla. Había una pareja mirando hacia la parte trasera del tren y un hombre de mediana edad, mirando hacia el frente. El tren estaba muy viejo y se sacudía antes de detenerse, en cada estación. Mantuve mis ojos fijos en el mapa sobre las puertas opuestas que mostraban las estaciones. Tuve una sensación extraña y sin querer mirar, por la esquina de mis ojos ví al hombre de mediana edad exponiendo su pene y tocándose. Estaba mirando en mi dirección y haciéndome gestos para que lo mirara. Me quedé paralizada de miedo y estaba a punto de llorar cuando me di cuenta de que la pareja se puso de pie y se preparó para irse a la siguiente estación. Dos años antes, cuando tenía 10 años, una mañana de invierno caminando sola a mi escuela, un hombre que caminaba frente a mí con un abrigo largo se volvió repentinamente, se expuso desnudo y comenzó a caminar hacia mí. Pude escapar de su risa cruzando la calle. Pero en el tren no había a donde ir. Me puse de pie temiendo por mi vida y corrí detrás de la pareja que salía de la estación del subte.

Una vez a la luz de la calle, me encontré en un barrio desconocido. Saqué la dirección y busqué a una mujer confiable para que me guiara cómo llegar. Habré caminado unos kilómetros hasta que pude encontrar la casa de mi amiga.

Tenía 14 años, cuando volví a casa de la escuela una tarde temprana y un hombre entró detrás de mí sosteniendo la puerta principal del edificio de departamentos donde vivía. Él entró en el ascensor conmigo. Me comenzó hablar en un tono asqueroso, y me dijo que me iba a violar. Puso sus manos con fuerza en mi abrigo escolar, sobre mis pechos. Empujé sus manos fuera de mi cuerpo, y él me empujó fuertemente, haciéndome golpear mi cabeza contra la pared del viejo ascensor, que se sacudió y detuvo. Este hombre salió de alguna manera, un piso justo debajo del mío. Llena de adrenalina, miedo y furia, golpeé la puerta para que mi madre la abriera. Le grité que llamara a la policía y me ayudara a agarrar a “este degenerado“. Pero mi madre cerró la puerta y explicó temerosa que no sabía qué hacer. Vivíamos en una dictadura militar que violaba los derechos humanos. Repitió varias veces que no había nada que pudiera ella hacer y se fue a la cocina. Ninguna de las dos volvió a hablar del incidente.

Tenía 16 años cuando llegué a la sede de la Cruz Roja en Buenos Aires, cubriéndome la cara con las manos. Pedí hielo en la recepción. En el autobús de camino a la sede, un hombre me dio un puñetazo en la cara, haciéndome caer inconsciente. Era viernes por la tarde y me estaba reuniendo con mi amiga en la Cruz Roja para inscribirme en un taller sobre Supervivencia en la naturaleza, sugerido por nuestra maestra de literatura de cuarto año. El autobús estaba lleno y yo estaba parada cerca de la parte trasera y apretada entre otros pasajeros. Como había ocurrido antes en los viajes en autobús, sentí las manos de un hombre en mis áreas privadas. Tenía dieciséis años y ser agredida sexualmente no era nuevo para mí.

Esta vez, a diferencia de las otras veces, pedí ayuda. No sé cómo ni cuándo, pero este hombre me golpeó violentamente. Cuando recobré el conocimiento, me encontraba sentada en la primera fila, junto a una mujer. Yo estaba temblando y llorando y ella me estaba consolando. El conductor del colectivo se disculpó y me dijo que el hombre había escapado y me sugirió que fuera a la policía. Se detuvo frente al edificio de la Cruz Roja y entré buscando apoyo.

El personal de la Cruz Roja me dio hielo en una bolsa de plástico y me envió a la oficina del director al final de un largo pasillo, para esperar a mi amiga. Llegaban otras personas y todos se sentían incómodos al ver la condición en la que yo estaba. En mi conmoción traté de mantenerme serena y calma, y deseaba que mi amiga llegara pronto. En cambio, el director de la Cruz Roja entró en la oficina.

Este señor de mediana edad tenía sobrepeso y olía a alcohol. Su abrazo en lugar de consolarme lo sentí inapropiado, ya que me seguía tocando los hombros y preguntándome como estaba de una manera un poco pegajosa. Mi amiga finalmente llegó y me llevó a su casa. Durante 10 largos días tuve un gran moretón en mi cara que cambió de color sangre oscura, a azul oscuro a negro. Nadie en la escuela, panadería ni a ningún lugar al que fui me preguntó qué me había sucedido, a pesar de que sus ojos expresaban preocupación y temor. En este punto, Argentina estaba pasando de la dictadura militar a la democracia, y todos todavía estaban temerosos. Más de treinta mil personas fueron torturadas y asesinadas, y cuando la verdad comenzó a aparecer en los periódicos locales, la tensión y el estrés aumentaron en el medio ambiente.

En el campamento de supervivencia de la Cruz Roja en las afueras de Buenos Aires, el director colocó su saco de dormir junto al mío. Las tres noches que estuve allí soporté sus manos recorriendo mi cuerpo mientras fingía estar durmiendo. Lo odiaba. Quería gritar y empujarlo. ¿Qué podía hacer? ¿Quién me ayudaría? Él era el director de la Cruz Roja, la autoridad, el protector. ¿Quién me creería? Mis padres no sabían qué hacer y no tomaron ninguna medida sobre los incidentes anteriores, no eran importante. Mis hermanos, cada vez que yo trataba de expresar lo que me había pasado o mis incidentes en el colectivo, , me callaban diciendo que yo “era tan dramática” y que “deberías caminar en lugar de tomarme el colectivo.” Repetían slogans que escuchaban de otros hombres: “Bueno, si te vistes con una minifalda, te la estás buscando”. No me vestí con una minifalda en ninguno de los casos. No he usado una minifalda en 35 años.

Me animé a contarle a mi mejor amiga con la esperanza de ser escuchada y apoyada. Su reacción fue de horror y sorpresa, pero luego de unos minutos me preguntó: “¿Por qué le permitiste que lo hiciera? ¿Por qué no lo detuviste?” No sabía qué decirle. Yo dudaba de mi. Fue mi culpa, pensaba. ¿Qué hay de  malo conmigo? Debo de tener una marca, que atrae estas situaciones. ¿Lo estaba buscando? ¿Me sentía vista y querida, algo que no podía sentir en mi propia familia? NO. En todos esos casos, me sentí violada, usada y avergonzada. Me daba terror hablar y que me culparan. No tuve elección. No sabía que podía tener una opción. No tenía voz. Sentía que me iban a matar si hablaba, como lo había hecho la autoridad política con miles de inocentes durante la dictadura militar.

Lo no hablado se volvió indecible.

Sobreviví a esto haciéndome daño cada vez más. Me rascaba las piernas y los brazos con las uñas hasta que sangraron. Tomé drogas. Traté de suicidarme. Pero no funcionaba, no encontraba la salida al sufrimiento que me proporcionaba el dolor de las experiencias que había vivido sin una explicación y sin poder entenderlo.  Quería escuchar a alguien validándome, que no estaba loca; alguien que me diga que el abuso sexual estaba mal. Algo en mí seguía buscando eso, como queriendo remover cortinas para dejar entrar la luz.  Conseguí un trabajo y pagué por mi terapia. Fui más allá de mi familia familiar y me hice amigo de artistas, músicos e incluso de filósofos e intelectuales.

Comencé a enfrentar el miedo leyendo textos espirituales sobre la naturaleza humana, participando en las artes curativas, tomando clases, y escuchando las historias de otras personas. En un taller, conocí a mi mentor, Carlos Castaneda, quien apoyó e inspiró aún más mi proceso de sanación al ofrecerme una nueva definición del mundo, una nueva descripción de mí misma.

¿Qué haría sin el miedo a expresarme?

Hoy sé que era un niña y que era inocente, como todos los niños son. Sé que mis padres hicieron lo mejor que pudieron con la consciencia y las herramientas disponibles para ellos en ese momento y no tengo resentimientos. Sé que no soy la única mujer que ha soportado la violencia y el abuso. Sé que hay hombres que sufren de abuso también. He aprendido a diferenciar las experiencias de mi vida de lo que soy. Aprendí a decir NO, a colocar límites, a cuidarme y amarme a mí misma y a establecer relaciones íntimas sanas. Hoy tengo una familia, protejo y honro mi cuerpo, y enseño a otras mujeres a hacer lo mismo.

Y sigo trabajando para aceptar lo que consideré inaceptable: experiencias de violencia y abuso, de cualquier tipo. Me estoy dando cuenta de que a pesar lo difícil que fue transitar experiencias de dolor, también me ofrecieron la oportunidad de experimentar mi capacidad de recuperación, mi fuerza, mi poder. Sigo atravesando miedos (aunque ahora son mas pequeños y menos paralizantes) intentando liberarme y continuaré hasta que:

“Pueda dormir con las ventanas abiertas”

“Caminar bajo las estrellas en la noche sin miedo”

“Decir la verdad de lo que me ocurrió sin sentir vergüenza” (¡lo acabo de hacer en este artículo!)

 

¡Adelante 2019! Libera, perdona y establece intenciones mientras das la bienvenida al nuevo año

“El Intento es lo que envía a los chamanes a través de una pared, al espacio, al Infinito”~ Carlos Castaneda

Hola! Ha llegado un nuevo tiempo. Estamos viviendo una nueva era de interconexión global, donde la información se comparte instantáneamente en todo el mundo, donde debemos estar unidos para proteger nuestro planeta, donde necesitamos nuevos acuerdos colectivos de renovación de energía y formas creativas de llevarnos bien. Nos sentimos afortunados de presenciar una nueva conciencia en un gran número de personas que trabajan por el mejoramiento de todos. Un nuevo despertar espiritual está disponible para todos los seres, y ya no en manos de unos pocos maestros privilegiados.

Este nuevo movimiento de audacia está diciendo SÍ a la naturaleza, a las mujeres en el poder, a la integración de las culturas, a la comunidad, a pasar del miedo y la dominación a la consciencia del Amor Incondicional. Está diciendo NO al egoísta en el poder que sigue tratando de dividir a las personas y difundir miedo. Pero la verdad es que es demasiado tarde para las viejas formas de los extremos derecho e izquierdo, para las estructuras piramidales de poder. Nuestro nueva era es el tiempo de la intención compartida e interdependiente.

Ahora somos conscientes de que no somos nuestros pensamientos o sentimientos. Ahora sabemos que podemos cuestionar nuestros pensamientos y cuestionar qué estamos consumiendo. Podemos tomar decisiones para una alimentación más saludable y un cuerpo más saludable, algo que antes no estaba disponible para las mases en general. Sabemos que nos sentimos mejor después de practicar movimientos, después de una clase de yoga, después de trabajar en el jardín, de caminar en el bosque, y también, después de perdonarnos por nuestros errores.  Tenemos en nuestras manos una nueva descripción para nosotros y el poder de tomar decisiones que pueden cambiar nuestra percepción de nosotros mismos por completo.

Entonces, amigo y amiga, monta en tu poder , en tu belleza, en tu sabiduría y en tu visión. SÉ TÚ MISMA y deja de tratar de ser otra persona. A TI es lo que el mundo necesita ahora: vulnerable, honesta y consciente.

Mientras das la bienvenida a la nueva luz del Año Nuevo y sigues los pasos a continuación, baila y canta como hacían nuestros ancestros, celebrando la gloria de tu viaje, con tus altibajos, y sabiendo sin ninguna duda, que has sido amada, que eres amada en este momento. y que ERES AMOR.

Que tu luz irradie a tus amigos, a tus familias, a tu comunidad y al mundo entero.

Te apreciamos y estamos contigo, fuerza!

Aerin, Axel y Miles Alexander-Reid

RITUAL DE AÑO NUEVO DE CARLOS CASTANEDA

Aquí te describimos la ceremonia que nos enseñó nuestro maestro Carlos Castaneda. Comienza durante los últimos días de diciembre y termina después de que el reloj marca la medianoche del 1 de enero. Castaneda nos diría que, a la medianoche, la luz del Espíritu o del Universo viene y nos “observa”: una fuerza desciende sobre nosotros, forjada por la intención combinada del planeta durante milenios, y este es un momento muy poderoso para estar presente. y consciente – y para llevar esta luz dentro durante el nuevo año.

Hemos practicado este ritual sin fallar durante los últimos 23 años y nos ha brindado a nosotros, e innumerables practicantes de todo el mundo, un sentido de dirección, propósito e inspiración para desplegar nuestras metas e intenciones para el Año Nuevo, así como un sentido de conexión con los ciclos de la naturaleza y todo el planeta. Esperamos que los beneficios se extiendan a través de tu vida, tus relaciones, tu comunidad y el mundo.

Los pasos son estos:

  1. Limpia lo viejo antes del Año Nuevo. Renovarse de adentro hacia afuera. Desde el 28 de diciembre en adelante, e incluso durante todo el día del 31 de diciembre, despeja el espacio en tu hogar. Elimina el desorden, dona tu ropa que ya no usas, limpia y organiza armarios y cajones, y aspira tus pisos; riega tus plantas, todo con una sensación de apertura y disposición. El objetivo es limpiar tu hogar, física y también energéticamente, limpiando tu psique de pensamientos y sentimientos negativos acumulados durante el año para que puedas estar receptivo a la llegada de lo Nuevo.
  • Tira las cosas que ya no son necesarias o que no te traen alegría.
  • Anota todos los pensamientos negativos en un pedazo de papel, escribiendo en un flujo y sin volver a leer lo que escribiste. Cuando sientas que has puesto todo, quema el pedazo de papel y lávate las manos.
  • Practica afirmaciones en voz alta, de apreciaciones por tu vida, por tus pertenencias, por tus amigos y familiares.
  1. El 31 de diciembre, antes de la medianoche, atiende tu escritorio o espacio personal. Organiza tus libros y documentos, y espacio libre para que puedas sentarte cómodamente a escribir una lista de intenciones, afirmaciones, sueños y proyectos que deseas manifestar o co-crear en el 2019. Siéntate en silencio y llama a la luz del Espíritu, para despejar tu mente y cuerpo y conectarte profundamente contigo misma.
  1. Luego, toma un bolígrafo o un lápiz y un pedazo de papel, y prepárate para ESCUCHAR a TU CORAZÓN
  • Recapitula las experiencias más sobresalientes que sucedieron durante el año y aprecia lo que has aprendido en el 2018. ¿Qué desafíos experimentaste? ¿Cuál fue el resultado? ¿Qué nuevos amigos hiciste? ¿Qué cosas nuevas aprendiste, por ejemplo, una nueva receta de cocina, una nueva habilidad, un nuevo idioma? ¿Y qué te gustaría aprender en el 2019? Puedes elegir dividir tu año en áreas básicas, como familia, trabajo, salud, relaciones y desarrollo personal
  • ¿Cómo fue tu salud en el 2018 y qué te gustaría intentar para 2019?
  • ¿Qué pasa con tu trabajo? ¿Qué experiencias tuviste? ¿Qué nuevos proyectos tienes en mente para el 2019?
  • ¿Y en tu familia y relaciones? ¿Qué nuevas relaciones has establecido? ¿Qué llegó a su fin? ¿Qué necesita ser sanado?
  • ¿Qué hay de tu legado? Escribe un párrafo que describa lo que le gustaría que fuera tu legado en el 2019.
  • Y sobre la comunidad más grande del planeta tierra, ¿qué sueños de un mundo mejor te gustaría tener?

Escucha a tu corazón y sigue con tu pluma la sabiduría de tu corazón.

  1. Alrededor de las 11:30 de la noche, siéntate en silencio con las manos en tu corazón. Puedes poner atención en los artículos de tus Intenciones para el 2019, aquellas cosas que deseas experimentar el próximo año. Siéntate todo el tiempo que quieras, asegurándote de que para cuando llega la medianoche, te encuentres involucrada en algún aspecto práctico de tus intenciones (dibujar tu casa, cantar tus intenciones, investigar algo, leer sobre el área de tu salud que seas mejorar,, etc.).

A la medianoche, en los primeros minutos del Año Nuevo, deja que la ola de tus sueños te bañe con un sentir de amor, paz y gratitud.

Profundizando en el Corazón

La semana pasada, Miles y yo impartimos un taller sobre Lidera tu Legado en la maravillosa Cumbre Lead with Love, en Aspen, en las Montañas Rocosas de Colorado. Fuimos abiertos de corazón y experimentamos profundas conexiones de amor con todos, incluidos los participantes, presentadores, organizadores, los árboles y las montañas que nos rodean. ¡La última vez que enseñamos una clase en Aspen fue en 2005, en el Festival de Ideas de Aspen!

Esta fue una poderosa oportunidad para recapitular quiénes éramos entonces, lo que solíamos ofrecer a los demás y quiénes somos ahora.

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La primera diferencia que percibí fue la capacidad de estar más cómoda en mi propia piel, con mis habilidades, mi luz y también con mis defectos. En eventos de grupos grandes con celebridades solía sentirme amenazada y fuera de lugar, sin saber cómo y qué decir y dónde esconderme. Lo que estaba presente en mí, en cambio, era la calma y la conexión, y mi enfoque estaba en escuchar a los demás. Me sentí inspirada por Gina Murdock, la fundadora y codirectora de Lead with Love, quien, dentro y fuera del escenario, aparece como ella. (Y me sentí inspirada por otras mujeres y lo escribiré en mi futuro blog).

¡Más de 100 personas se apuntaron a nuestro taller! Se trataba de despertar el estado del Guerrero y conectar internamente con el Sanador y el Visionario en su interior, los tres arquetipos chamanísticos presentes en nuestra conciencia colectiva.

Otra diferencia que experimenté fue la inmensa alegría y gratitud que Miles y yo sentimos desde el principio.

Los participantes, todos nuevos en Being Energy®, seguían radiantemente las secuencias de movimientos, se dedicaban a contar en voz alta y renovaban sus espíritus y cuerpo-mente. Un gran número nos pidió un video para practicar en casa. Puedes ver la secuencia a continuación. Además, puedes leer la presentación en powerpoint del taller haciendo click aquí.

La Cumbre fue una explosión de casi cinco días de talleres, paneles, charlas, clases de conciencia corporal, eventos sociales, activismo y más. Hubo más de 400 participantes y más de 50 presentadores en las áreas de negocios conscientes, conciencia corporal y paz social, incluido John Mackey, cofundador de Whole Foods, Lynne Twist, cofundadora de Pachamama Alliance, Dr. Rudy Tanzi , autor, investigador, profesor de neurología en Harvard, Rod Stryker, fundador de Parayoga, y Kevin Courtney, profesor de yoga y meditación.

Fue satisfactorio pasar tiempo con personas y organizaciones con ideas afines que se comprometen activamente haciendo el bien para el mundo e introduciendo Being Energy® y ver qué tan alineado está con la ola de cambio y transformación que tiene lugar en el mundo.

En un nivel personal como familia, nos tomamos el tiempo para llegar a las colinas del Instituto Aspen y meditar sobre las rocas. Los niños jugaban libremente, practicaban yoga con otros niños y se sumergían en lo Amoroso.

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Finalmente, después de seis días de clima cálido y soleado, nos despertamos con una nieve silenciosa: ¡un don del espíritu! Y, sólo por pura inspiración y belleza, queremos compartir con ustedes algunas imágenes y la sensación de esas montañas y el silencio interior que traen a nuestra alma.

Lo que aprendí de mi padre acerca del amor

what I learned from my father about love

Unos meses atrás, tomé en Los Ángeles una clase sobre el autodesarrollo y surgió el tema del abuso de poder. Un hombre alto de setenta años, se levantó y expresó:

“Todas las mujeres que conozco han sido abusadas sexualmente.” Inmediatamente la imagen de mi mentor espiritual, Carlos Castaneda, diciéndome la misma frase hace más de 20 años me vino a la mente.

Sosteniendo el micrófono en su mano derecha, este hombre continuó:

Y quiero decirle a todas las mujeres aquí presente que no soy uno de los abusadores, y que hay muchos hombres como yo que respetan, honran y aprecian a las mujeres“, se le quebró su voz amorosa y las lágrimas corrieron con amabilidad por su rostro arrugado. Noté pecas en el dorso de sus manos. Él no tenía hijos propios: estaba ayudando a su esposa a criar a sus nietas.

Yo condeno el abuso; está mal “, concluyó. Un aplauso conmovedor del gran grupo lo siguió. Él me recordó a mi padre.

Siete años atrás, la noche después del funeral de mi madre me encontraba cenando con mi papá. Estábamos en un pequeño restaurante, en Buenos Aires, en la esquina de su departamento. Mi padre no tenía hambre pero yo insistí. Estaba pálido y sin aliento, y algo de comida le ayudaría a devolver algo de luz a su ser. Quería pasar tiempo a solas con él, lejos del resto de la familia en duelo; tomar un descanso de estar rodeados por las pertenencias de mi madre.

Las sillas de madera donde nos sentamos se sentían incómodas debajo de mis flacas nalgas. Había perdido peso desde que mi madre fue hospitalizada.

Mi papá pidió una milanesa con papas fritas, un plato típico Argentino, mientras yo buscaba en el menú frenéticamente una opción vegana. El camarero, voluntariamente, me ofreció un plato “fuera del menú” con quinoa y calabaza. Le agradecí. AL segundo noté que los vasos con agua que nos trajo estaban sucios, y la mesa también. Fue casi reconfortante notar las pequeñas cosas de la vida cotidiana, en medio de una experiencia estresante e intensa.

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En ese momento me pareció en lo profundo de mi corazón que todo lo que había aprendido con Castaneda, durante todos estos años de meditación y práctica, era en preparación para ese momento: para aceptar y abrazar la muerte de mi madre con el corazón abierto, sentir la gran pérdida sin negarla o dramatizarla, y experimentar el dolor de mi padre y permitir que así sea, sin juzgarlo.

Dos meses antes, a mi madre le diagnosticaron cáncer de pulmón avanzado. Fue hospitalizada durante tres semanas, se sometió a una cirugía para extraer agua de sus pulmones y recibió grandes dosis de corticoides para forzar la respiración. Regresó a su casa, donde murió pocos días después.

Todo el tiempo, mi padre estuvo a su lado, durmiendo en viejas e incómodas sillas de hospital público, yendo a su casa solo cuando mi madre lo solicitaba. Él no se quejó. Fue amable con los médicos y enfermeras. Lo presencié sentado en silencio a su lado durante horas, sosteniéndole las manos, mirando hacia abajo en busca de una explicación o rezando.

Mi madre era la más fuerte, el comandante en jefe que tenía la última palabra y tomaba decisiones confiables. Le decía a mi padre qué hacer, las facturas que debía pagar, los cumpleaños a los que debía ir. Ella atendía el teléfono y lideaba con la relaciones. Ella tenía la mano en todo y una personalidad dura.

Mi padre había sido un marino en su juventud, con un alma cariñosa, noble y honesta. Era alto, de complexión oscura y guapo. Era introvertido. Nunca levantó su voz ni a ella ni a nosotros sus hijos. Sufrió un ataque al corazón y dejó de fumar. Pero luego, cuando yo era una adolescente, lo despidieron de su trabajo, y eso lo desilusionó. Se deprimió y con la absorción crónica de medicación contribuyó de algún modo a vivir ensimismado.

“Todavía no puedo creer que ella estaba en esa caja”, dijo mirándome a los ojos por primera vez. La caja con las cenizas de mi madre parecía una caja de zapatos de cartón. Había una opción para pagar más dinero por una caja de madera, pero mis hermanos declinaron.

La misa para mi madre tuvo lugar el día anterior, en la iglesia donde mis padres se casaron, y donde todos nosotros fuimos bautizados. La encantadora basílica de la Virgen de Guadalupe fue el segundo hogar de mis padres, donde ofrecieron consejería matrimonial como parte de su servicio a la comunidad. Caminamos la distancia de dos cuadras hasta la iglesia llevando la caja con sus cenizas en una bolsa de papel. El sacerdote colocó la caja sobre el altar.

Estaba sentada junto a mi padre, en los bancos de madera de la iglesia, cuando él me tomó de la mano y me susurró al oído: “¿Puedes creer que mamá está en esa caja”? Tenía ochenta años, pero su voz se sentía tan joven e inocente.

“No papi, ella no está realmente allí”, logré decirle.

Al final del servicio todos seguimos al sacerdote hacia un jardín con flores. El sacerdote le indicó a mi padre que sostuviera las cenizas, pero él me las pasó a mí. Abrí la caja y extendí las cenizas en un pozo comunitario, uniendo las cenizas de mi madre con otros miembros y sacerdotes. Cuando terminó el servicio, noté que una gran fila de personas venían a saludarnos, para darnos el pésame, y decirnos que nuestra madre había sido su mentora, y lamentaban su pérdida. Otros me decían que me parecía a mi madre. Me di cuenta del impacto del trabajo de mi madre en su comunidad.

what I learned from my father about love

“No se suponía que esto sucediera en este orden, esto está mal;” en el restaurante, mi padre resistía lo inevitable. En lugar de unirme a la desesperación o juzgarlo, algo dentro de mí decidió escucharlo. “Escucha a los demás como si tu vida dependiera de eso”, solía decirme Castaneda. Escuché y le di espacio a mi padre para que dijera cualquier cosa que quisiera decir, incondicionalmente.

La comida finalmente llegó y la mía sabía demasiado salada. La de mi padre se veía mejor. Le robé sus papas fritas.

“Tu madre fue la única para mí. Nunca hubo otra” me dijo sorprendido, casi maravillado de sus propias palabras. “Ella fue la única mujer en mi vida”.

Mi papá apoyaba a mi madre incluso cuando estaba en desacuerdo. La elogiaba, le agradecía por su trabajo en la casa y con sus hijos, le traía rosas rojas, sus flores favoritas, y celebra el tiempo que tenían juntos. Pero nunca me había enterado de cuán profundo era su amor.

¿Qué hará mi papá sin mi mamá? Pensé mientras lo escuchaba derrumbarse en lágrimas. Una parte de mí quería consolarlo, decirle que iba a estar bien. Otra parte de mí quería poner mi cabeza en su hombro, ser consolado por él, que me dijera que iba a vivir mucho tiempo.

No seguí ninguna de mis voces internas. Mantuve mi contacto visual, escuchando sus relatos sobre cómo conoció a mi madre; cómo solían hablar por la radio mientras viajaba por el mundo; cómo decidieron casarse; cómo decidió sacrificar el tener un título universitario para ganarse el pan y criar a seis hijos.

Doce meses después, en el mismo mes, mi padre murió. Conduje directamente desde el aeropuerto hasta la funeraria. Su cuerpo estaba frío, pero parecía fresco y vivo. Murió pacíficamente en su casa por la mañana, sentado en el sofá, después de terminar su té. Besé su frente y sostuve sus manos. Pude amarlo de la manera que él amó.

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